Para nadie es un secreto que los caleños somos gente alegre. Que enfrentamos las adversidades con una sonrisa en nuestros rostros y que es, gracias a esa actitud, que siempre salimos adelante. Es así porque Dios nos ha premiado con una gran resiliencia.
Pero este aislamiento ha sido un acontecimiento insólito que tendrá efectos sicológicos muy profundos en nuestra caleñidad. Será algo parecido, sino peor, al estrés tóxico y post traumático que suele aparecer después de una guerra. Los sentimientos de soledad, ansiedad, insomnio, irritabilidad y exceso de emotividad nos acompañarán por algunos meses, incluso aún, levantada la cuarentena obligatoria.
Sin una sana salud mental, no puede producirse una resiliencia apropiada que nos haga capaces de asumir y emprender la transcendental tarea de reconstruir nuestra economía. Hay estudios que demuestran que una de cada tres personas confinadas se siente hoy estresada; y que el aislamiento ha reducido los niveles de resiliencia en cerca de un 10%. Dios no quiera que haya sucedido lo mismo con nuestra preciosa caleñidad.
Me surge entonces la pregunta: ¿Quién tiene la responsabilidad de enfrentar este problema que representa, ni más ni menos, que “el talón de Aquiles” para nuestra recuperación? ¿El estado acaso?
Aquí es donde el sector de entretenimiento y diversión juega un importantísimo papel. Sí, ese sector vapuleado, satanizado y tratado como la cenicienta del cuento será el encargado, con todas las dificultades, de remontar el ánimo de los caleños. De restaurar nuestra caleñidad, de vigorizar nuestra resiliencia y así, garantizar nuestra salud mental. Porque no puede existir una economía sana en medio de una sociedad enferma, y mucho menos, si es infeliz.
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