Gabriel García Márquez, agüerista y el novelista más escéptico a ganar premios, antes de merecer el Nobel de Literatura, en El Espectador, publicó una columna apócrifa contra la Academia Sueca y su papel en la escogencia de los afortunados.
Él, dos años después, fue postulado y se hizo acreedor al Nobel, por el empuje de su amigo Pablo Neruda y no porque fuera su obsesión.
Él ya había probado la acides de las mieles de la fama, las había vivido desde su publicación de “Cien años de soledad” y no quería agravar más su vida personal con premios que le impidieran caminar anónimo por las ciudades de Colombia y de México, también permitirse departir tranquilo con sus amigos en Barranquilla o en alguna taberna cubana.
Por eso, al cumplirse los cuarenta años de recibirlo Gabriel García Márquez, quiero recomendarles otra manera, muy particular, para que celebren la efeméride: ver el filme “Ciudadano Ilustre” y releer su columna “El fantasma del Premio Nobel” (El Espectador 8 de octubre de 1980).
El filme “Ciudadano ilustre” (2016), dirigido por los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn, con guión de Andrés Duprat, ganador del Premio León de Oro a la Mejor Película en el Festival de Venecia (2016) y Premio Goya 2017, nos demuestra que el cine también puede narrar parecido a las auténticas páginas literarias de realismo mágico.
Recomiendo “Ciudadano ilustre”, muy a propósito por el tema del Premio Nobel, que esta semana es la noticia cultural más leída. Miguel Montavani, personaje principal en la película, es un escritor galardonado, que pronuncia un irreverente discurso de aceptación, expresado con franqueza ante los académicos suecos diciéndoles qué pensaba sobre el Premio Nobel: “Este galardón revela que mi obra coincide con los gustos y las necesidades de jurados, especialistas, académicos y reyes. Evidentemente yo soy el artista más cómodo para ustedes y esa comodidad tiene muy poco que ver con el espíritu que debe tener todo hecho artístico. El artista debe interpelar, debe sacudir”.
En esta película que usted puede ver a través de la plataforma Netflix, el escritor galardonado regresa a Salas, pueblo imaginario, su tierra natal, después de cuarenta años de ausencia y, sus paisanos, que le inspiraron los personajes ficticios, trágicamente lo victimizaron y le dieron vida a sus narraciones.
El drama cinematográfico fue construido con tanto realismo mágico, que su proyección impacta, hasta el punto que no me avergüenzo al confesar que por un instante llegué a dudar si acaso yo olvidé a Miguel Montavani, creyendo haberlo excluido, injustamente, de la lista de escritores latinoamericanos que habían recibido el Premio Nobel.
En su columna, “El fantasma del Premio Nobel”, Gabriel García Márquez, afirmó: “Cómo proceden, cómo se ponen de acuerdo, cuáles son los compromisos reales que determinan sus designios, es uno de los secretos mejor guardados de nuestro tiempo.
Su criterio es imprevisible, contradictorio, inmune incluso a los presagios, y sus decisiones son secretas, solidarias e inapelables. Si no fueran tan graves, podría pensarse que están animadas por la travesura de burlar todos los vaticinios.
Nadie como ellos se parece tanto a la muerte. (…) Dicen las malas lenguas que el capital invertido está en las minas de África del Sur y que, por consiguiente, el Premio Nobel vive de la sangre de los esclavos negros.
La Academia Sueca, que nunca ha hecho una aclaración pública ni respondido a ningún agravio, podrá defenderse con el argumento de que no es ella, sino el Banco de Suecia, quien administra la plata.
Y los bancos, como su nombre lo indica, no tienen corazón. (…) Se ha dicho muchas veces que los grandes escritores de los últimos ochenta años se murieron sin el Premio Nobel”.
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