Sigo con las palabras y sus vacíos de significación en este siglo XXI. Siempre he considerado que la actitud de diálogo en la vida es fundamental, pertenezco a una generación que en muchos ámbitos apostó por el diálogo… en mi juventud hice parte con Gustavo Álvarez Gardeazabal, Carlos Vásquez Zawadsky y otros compañeros, de un grupo literario que se llamó Los Dialogantes.
Desde esta propuesta de diálogo contestábamos a las quemas de libros y destrucción de monumentos que en esos años realizaban algunos Nadaístas.
Creo que sin diálogo, en nuestras sociedades de hoy: múltiples y diversas, no construimos nada. Pero cómo dije la semana pasada, hay que tener claro qué es el diálogo y no devaluar ni feriar su significado.
El diálogo requiere antes que nada una practica de escucha: a partir de la conciencia de que los otros tienen una palabra para decirme, de que esa palabra es valiosa para mí… surge en mi interior una necesidad profunda de escuchar, de indagar en la “palabra ajena” en el sentido en que la define Mijaíl Bajtín, el filósofo ruso.
Es decir el punto de vista del otro, los sentidos que propone. Esa necesidad profunda me lleva al diálogo y lo sustenta cuando surgen las dificultades del entendimiento.
El diálogo presupone entonces ante que nada una actitud seria y profunda de escucha y un deseo de ello.
Regreso a las actitudes que percibo en mi entorno. Me voy a referir a dos. La primera respecto a la campaña presidencial en que estamos “atrapados” los colombianos.
Se supone que en nuestro ejercicio democrático tenemos que escoger entre diferentes propuestas, entre diferentes programas o alternativas.
Para ello hay que escuchar a cada uno/a, pero lo ideal además sería que en un diálogo real esas distintas propuestas pudieran confrontarse desde sus puntos de partida hasta sus consecuencias más obvias o más claras.
Lo que veo y percibo no es eso: por un lado algún candidato se niega a debatir… los otros no ejercen la práctica de la escucha.
Si se sigue atentamente la evolución de la campaña: vemos que tanto en los debates como en las entrevistas lo único importante es decir mi propia palabra.
Lo único que realmente parece importante es que me escuchen. El escuchar a otros se reduce a lo mínimo necesario para poder contestarles… la respuesta está lista aún antes de que se me haya interpelado.
Se habla mucho en el mundo de “democracia”, pero yo creo que democracia política no puede haber mientras no se escuchen las distintas “palabras” que nos habitan como sociedades. La democracia sería el diálogo consensual de esas palabras diferentes.
El otro ejemplo es aún más dramático. Se trata de los llamados diálogos en busca de la paz. No pretendo que sólo sea la fuerza militar del Estado la que someta a criminales o terroristas, pero esa fuerza sí tiene que llevar a los grupos armados a la necesidad de un diálogo real.
Y un diálogo real es confrontar las propuestas de la mesa y avanzar hacia coordinaciones a partir de encontrar entre las partes posibles acuerdos o puntos en común. Por parte de los llamados “alzados en armas” eso requiere una intención última de dejación de armas.
Estos procesos ya se han vivido en el país y han dado resultados… pero hoy, los señores criminales –llámese como se llamen: disidencias, clanes o supuestos ejércitos liberadores– aceptan dialogar únicamente para mientras se sientan en una mesa fortalecer sus huestes y sus posiciones de poder.
No llamemos a esto “diálogos de paz”, no degrademos las palabras.
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