El cielo llora sin cometas

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Este jueves 13 de agosto en la tarde el firmamento derramó unas pocas gotas de lluvia. Por la silueta entre sus nubes, lo relacioné con el aniversario de la muerte de Jaime Garzón. Mi nostalgia acrecentó al percibir un cielo muy gris y vacío de cometas. En otrora, agosto era el mes más alegre de los niños porque el año escolar terminaba a mediados de julio y reiniciaban las clases en la segunda semana de septiembre.

Era el mes en que los cielos se llenaban de colores. En las tardes de agosto los cerros tutelares parecían sembrados de arbustos humanos, porque en la cima veíamos las romerías de niños que alistaban sus cometas para que despavoridas salieran a perseguir las nubes. Pero el covid-19 también se ensañó con las cometas.

Las borró del firmamento. Privó que los niños vivieran la aventura de buscar varillas de madera, pliegos de papelillo, pegante y pita, para ensayar ese su primer acto humano creativo de confeccionar sus propias cometas. Los cielos de agosto eran escenario majestuoso para que convergieran centenares de cometas sostenidas por las pitas que emocionados iban soltando sus dueños. Me conmoví al ver apenas a cuatro niños sobre la misma meseta donde antes acudían centenares con sus cometas. Podrán hacerse carnavales virtuales, competencias deportivas virtuales, circo virtual, misas virtuales, ferias de libros virtuales, etc. Que no se les vaya a ocurrir un festival virtual de cometas, no propiciaría igual alegría infantil. Dios quiera que el próximo año los niños vuelvan a alargar sus pitas. El cielo llora sin cometas.

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