Luis Ángel Muñoz Zúñiga

El cataclismo de Damocles

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En vez de cantar “Mambrú se fue a la guerra” o jugar al “Cojín de guerra”, mejor muy acuciosos analicemos “El cataclismo de Damocles”. El mundo está expectante de la evolución del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania. ¿Qué podemos hacer nosotros desde la distancia? Como en las demás partes del planeta, sólo nos queda el elevar nuestras voces pacifistas. Por eso a un estudiante que me pidió colaboración para resolver una tarea sobre la guerra entre Rusia y Ucrania, donde le pedían que fijara una posición personal, preferí remitirlo al discurso que pronunció Gabriel García Márquez, el 6 de agosto de 1986, en México, titulado “El cataclismo de Damocles”, que fueron palabras inaugurales de la reunión del Grupo de Los Seis: Argentina, México, Tanzania, Grecia, la India, y Suecia, sobre la paz y el desarme ante la amenaza nuclear. Ahora, a propósito de la celebración de los 95 años del natalicio de “Gabo”, quiero recordarles que sus palabras cobran más vigencia. También, respetuosamente, le recomiendo ese texto al presidente Iván Duque, para que se abstenga de pronunciamientos riesgosos ante la posibilidad de una conflagración mundial. En las campañas políticas nos ha faltado a los electores que les exijamos a los candidatos programas de gobierno que incluyan estos asuntos internacionales que requieren de la mayor sensatez y responsabilidad. Las guerras siempre han sido desatadas por la voracidad de los países poderosos sobre los más débiles a quienes les pretenden arrebatar sus riquezas. A las potencias en la Segunda Guerra Mundial las movió la voracidad para la repartición del planeta que trataba de alinear a los países en dos bloques políticos. Al denominado Tercer Mundo, supuestamente independiente, se le empezó a someter mediante los empréstitos de la banca mundial. Ahí tenemos los resultados de un endeudamiento que a la postre es una especie de guerra silenciosa que arrasa con el destino de los pueblos. Los tiempos cambiaron cuando desde su interior algunas naciones se sacudieron de la alineación y, entonces, los escenarios políticos mundiales se transformaron porque se pactaron acuerdos que posibilitasen sus rumbos a los países independientes. Pero a las potencias agresoras no les importa tales acuerdos pactados, ni la autonomía de cada país. Después de la desintegración de los bloques mundiales cada nación quedó libre de escoger su destino. Los problemas políticos internos cada pueblo debería resolverlos sin la injerencia extranjera. Por eso, le dije al estudiante consultor de su tarea que el “Mambrú se fue a la guerra”, era una mera canción infantil y, el “Cojín de guerra”, es un divertido juego de niños. Que si quería entender qué es la crudeza de la guerra, leyera el “Cataclismo de Damocles” de Gabo. ” Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo… Los pocos seres humanos que sobrevivan al espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de los recuerdos… Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias”.

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