Estaba un poco desjuiciado con las columnas para el Diario Occidente, pero me llenó de orgullo que, en medio de una novena, alguien me preguntara por qué no había vuelto a escribir.
La respuesta típica fue la de siempre: no tengo tiempo. Ojalá no tenga que volver a sacar esa excusa en 2026.
A partir de esa anécdota se me ocurrió pensar en cuál debería ser la lista de aguinaldos para Cali.
Una lista simbólica, pero necesaria, que voy a dividir en dos partes: lo que le debe dar la ciudadanía —los caleños, los habitantes de esta ciudad— a la Sucursal del Cielo, y lo que le debe dar la administración municipal a Cali.
Empecemos por los aguinaldos que los caleños le debemos a nuestra ciudad:
- Respetar las normas y las leyes.
- Denunciar los actos de corrupción.
- Pagar los impuestos.
- No botar basura en las calles.
- Respetar la vida del otro.
- Ser solidarios.
- Participar en los procesos democráticos.
- Dar buen ejemplo y formar a los niños para el futuro.
- Cuidar el medio ambiente y a los seres sintientes.
- Hablar bien de Cali y defenderla con argumentos.
Ahora, ¿cuál es el aguinaldo que la administración le debe dar a Cali?
- Cero actos de corrupción.
- Terminar las obras del antecesor.
- Dejar obras para que el siguiente las continúe.
- Invertir bien los impuestos.
- Garantizar que a los niños menos favorecidos no les falte nada.
- No abusar del poder.
- Impulsar el desarrollo económico.
- Atender y escuchar a la ciudadanía.
- Planificar el desarrollo de la ciudad.
- Garantizar el acceso a los servicios básicos.
- Si estos 20 aguinaldos se cumplieran —o al menos se intentaran cumplir— Cali sería una ciudad distinta.
Porque sacar a Cali adelante no es tarea de un solo lado. Es una responsabilidad compartida entre ciudadanía y administración.
La ecuación es sencilla y no admite atajos: todos ponen.
La administración actual no puede seguir pidiéndole paciencia a una ciudad que ya ha esperado demasiado. Cali necesita decisiones firmes, obras que se vean y una gestión que se sienta en los barrios.
El tiempo pasa rápido en el gobierno y lento para la ciudadanía. Cada error, cada demora y cada silencio se pagan caro.
Gobernar es actuar, escuchar y corregir, porque el mandato no es eterno, pero las consecuencias sí.
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