Egoismo y amor

Rodrigo Fernández Chois

Antes de la era de las redes sociales y sus memes, recuerdo una gráfica particular en una publicación cuyo nombre no tengo presente. En el cuadro de corte cartesiano, por tener dos ejes, se podía ver como la calidad financiera de vida de un individuo representada en uno de los ejes se reducía dramáticamente con la aparición de hijos contados estos en el otro eje. Subrayo las palabras “calidad financiera” para no entrar en posibles discusiones con espiritualistas e idealistas. La conclusión que se podía derivar al observar el gráfico era incuestionable.

Algo así como la que se desprende al ver un conocido meme donde se muestra como luce un hombre felizmente soltero, resignadamente casado y empobrecidamente divorciado. Tanto este meme como el gráfico de los hijos, orbitan en torno a una condición que es piedra angular de nuestra organización económica de libre mercado: el actuar del homus economicus como individuo, y más concretamente, el don que profesa con denodado ahínco, su egoísmo.

Adam Smith, padre de la economía, escribió sobre el egoísmo algo así como esto: “Al perseguir cada quien su propio interés, frecuentemente fomenta el de la sociedad mucho más que si en realidad tratase de fomentar el de esta última”, y no tener hijos podría ser, además del boicot de la generación Z -Greta Thunberg abordo- un acto egoísta económicamente deseable.

Con los años he llegado a una contraria conclusión. Es justamente el hecho de tener hijos el que nos obliga a salir de nuestra zona de confort con un ímpetu y un amor tan especial, creando emprendimientos y consecuencias más que positivas para la economía general.

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