Secretaria de Educación del Valle
Es mi deseo acentuar el poder del ejemplo como elemento trascendental en la educación, Albert Einstein, decía “Educar con el ejemplo no es una manera de educar, es la única”, recordemos que los niños aprenden por imitación y calcan a la perfección las acciones, lo que ellos vean y asimilen es lo que mayor impacto puede generar en la forma de ver la realidad.
Iniciaré generando una reflexión sobre los educadores. La sociedad sabe que muchos de ellos aman la educación porque están convencidos que educar es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en el deseo de saber, para poder creer que hay cosas, técnicas, valores y hechos que pueden y merecen ser enseñados.
Estoy convencida que la educación es necesaria para mejorar las condiciones de vida, pero también soy consciente que en los tiempos actuales es un acto de coraje, es dar un paso al frente con valentía ante la crisis de valores.
Desde niña he sido testigo del poder del ejemplo de un ser que le apasiona educar, mi padre me enseño amar la academia y que vale la pena educarse, pero nunca lo impuso a través de un discurso aburrido y ególatra, me parece verlo rodeado de libros y lápices de todos los colores en esas noches que exudaban conocimiento, fue así que a través de sus actos me persuadió amar y valorar lo que es el influjo de la educación.
Desde casa aprendí que el sujeto educado asume el saber y se responsabiliza del mismo, y a la vez se vuelve crítico de la sociedad y las culturas, ayudando a construir puentes no muros. Es bien sabido que Savater relacionó la educación con los aspectos sociales y culturales, y nos advierte que solo la educación como ideal de vida y proyecto de sociedad es lo que nos hará grandes como nación.
Por lo tanto, la educación proviene de ideales cercanos a la tradición, las leyes, las normas y la cultura, y su concepción cambia de acuerdo con las características sociales y es natural que la sociedad conserve los valores mediante la tarea educadora que debe ser ejemplificadora y no dogmática.
Llega a nosotros el eco de Platón y nos invita a meditar que la educación siempre pretenderá formar un nuevo tipo de persona, y será la encargada de renovar el tejido social. No obstante, nuestras sociedades parece que han olvidado que la educación construye personas autónomas capaces de vivir armónicamente en comunidad, y es quien realmente promociona una globalidad democrática.
Pese a las realidades actuales, la educación debe reconstruirse como una verdadera política de Estado con la capacidad de fomentar el aprendizaje permanente a lo largo de la vida, centrándose en la construcción e integración de capacidades, habilidades, actitudes, más que en la acumulación de conocimientos que al final de cuentas solo servirán para el frío número en un indicador de gestión.
Asimismo, la educación y los educadores deben estar en la capacidad de forjar personalidades y líderes políticos, ahondar en la caracterización y fomento de valores cívicos, ayudar en el retorno a las raíces culturales y en la superación de los viejos vicios sociales. En fin, debemos repensar nuestra educación para que se convierta en la gran posibilidad de construir una sociedad más justa y educada.
Si de verdad queremos apostar por la interculturalidad, por la inclusión y por la calidad en la educación, si de verdad se pretende un verdadero diálogo entre las culturas que coexisten, es imperativo que quienes escriben y reglamentan las políticas educativas, se dignen pasar al aula de clase y solo así, poder crear verdaderas soluciones, contextualizadas desde la realidad y el territorio.
Será la única forma que perciban de primera mano la molesta discriminación, el fastidioso fanatismo, la irreverente manera como se adiestra al niño y al joven, la manía de ver todo fácil.
Después de este ejercicio, surgirá la necesidad de replantearse los criterios de valor que orientarán las acciones educativas del s. XXI.
Para terminar, debo advertir que una escuela que hace política y que cercena la felicidad debe morir y darle paso a una escuela viva, donde no se castigue por reír, donde no se repruebe al atleta o al bailarín por no poder leer, escribir o no saber el uso de los signos matemáticos; donde el arte incite a ser mejores seres humanos, donde los profesores sean ejemplo dentro y fuera de las aulas, donde los que enseñan tengan la posibilidad de transmitir valores y se enseñe para la vida y no para un estándar.
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