El título por sí ya es una declaración de un ser desesperado. Es un anuncio de partida, de alejarse como animal enfermo a sanarse las heridas.
Y así sucede con Gabriel, ese personaje creado por la poeta Piedad Bonnett para recrear su reciente novela que lleva el título de esta columna.
Bonnet, poeta excepcional, de quien he leído su obra íntegra y seguiré leyéndola, no logra ese mismo tono, esa misma estatura literaria en esta novela.
Ya tiene en su haber, con esta publicación, tres obras de esta categoría: “Para otros es el cielo”, “El prestigio de la belleza” y una obra estremecedora que no es del orden de la novela propiamente dicha que aborda una tragedia, desde su propia experiencia de madre a quien el hijo se le ha suicidado, que bellamente tituló “Lo que no tiene nombre”.
Pero en esta reciente novela que versa sobre esa posibilidad que tenemos de alejarnos de lo que nos rodea, de querer no seguir sintiéndonos repetidos, de establecer otra relación con el mundo y con quienes lo habitan, inicia con una fuerza que involucra al lector de inmediato en su paginaje.
Empero, de la mitad hacia el final decae e inicia con una serie de episodios que no logran convencer al lector de los hechos allí narrados.
Prefiero a la Piedad Bonnet poeta, columnista dominical que denuncia, que reflexiona sobre el quehacer del arte, de la política, de la sociedad, mas no a la novelista.
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