“Donde las palabras fallan…

Rodrigo Fernández Chois

… la música habla”. Frase del cuentista Christian Andersen, autor del Patito Feo y la Sirenita. Si las palabras no superan al silencio es mejor abstenernos de pronunciarlas, pero en el caso de la música -de la buena música, valga la aclaración- la cosa es diferente.

“No music, no life” fue el eslogan de la desaparecida Tower Records, lema que se ha convertido en casi que un evangelio; no en vano todas las actividades humanas mejoran si van acompañadas de melodía. Encontramos música idónea para correr, conducir nuestro vehículo, bailar, escribir, y leer… Incluso la hay perfecta para el amor.

Si hubiese existido la manera de reproducir música como hoy lo hacemos, estoy seguro de que el poeta Ovidio habría incluido en su “Arte de Amar” un capítulo sobre la música adecuada, pero el poeta vivió en el mismo tiempo que Jesucristo. Fue tan sólo iniciado el Siglo XXI que un sicólogo de la Universidad de Londres investigaría cuales géneros musicales eran propicios para el arte de Eros.

Las conclusiones del investigador no me sorprenden: El Jazz y el Blues incrementan de manera sublime la sensualidad estimulando todos los sentidos; el Heavy Metal es adecuado para lo pasional y agresivo. El Rock, de lo mejor para incrementar la iniciativa y olvidarnos de todo; el POP, para los conservadores y la música Clásica es casi que tántrica. También evaluó la música Reggaetón y Electrónica. De la primera: “Si la ponemos en nuestro encuentro, será rápido y soso, disminuyendo la capacidad cerebral y memoria”. De la segunda: “Dejadla para las discotecas. Estimula las hormonas, pero hace que el acto dure muy poco”.

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