Dios nos libre se llegue a cumplir la letra El Arruinado, tema musical de Gildardo Montoya, que pregona la escasez de los huevos, el queso, la arepa, el arroz y el limón. La pesimista guasca dice que “si hubiera limón le hacía limonada”. Jamás aceptaré que me falten los huevos.
Por eso, este 13 de octubre, Día Mundial del Huevo, no imploraré pan, sino que pediré al Creador: “…dadnos hoy nuestro huevo de cada día”. ¿Qué sería de los pobres si las gallinas no hubiesen subido al arca de Noé? Con lo que vale un pan pequeño para el desayuno, perfectamente podemos comprar tres huevos, uno para cada golpe: desayuno, almuerzo y comida.
Los otrora niños crecimos vigorosos, con huesos de calcio y fina dentadura, porque en las loncheras escolares nuestras buenas madres diariamente nos cargaron un huevo. Pienso que erró el traductor del Génesis, porque llegó a dudar que Eva sedujera a Adán con una manzana en la mano. ¿No sería con un huevo? Entre tantas teorías filosóficas que se han planteado sobre el universo, que la creación, que la evolución, que la piedra filosofal, etcétera, considero que la argumentación más aproximada está en el emblemático alimento de frágil cuerpo ovalado: aire (corona), agua (clara) y fuego (yema).
Recuerdo esa vez que mi profesor dejó la pregunta de qué había sido primero, si la gallina o el huevo, y sin recato alguno en el almuerzo pedí que primero me dieran una presa de gallina y luego un huevo. Que para comprobar si había error, repetiría y me sirvieran viceversa.
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