Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Destinitos fatales

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Bertolt Brecht comenzó su narración sobre la vida submarina diciendo que si los tiburones fueran personas construirían escuelas, hospitales, parques y otras cosas en el fondo del mar, para hacer felices a todos los pececillos. Por eso cuando veo mi ciudad con sus parques sin monumentos, la imagino como un “Calicalabozo”.

Me avergüenza y no sé qué responder a los visitantes que me preguntan por el monumento con que los caleños homenajeamos a Andrés Caicedo.

Antes de inmigrar leyeron “Que viva la música” y piensan que sea grande nuestra gratitud para aquel joven escritor que continuó la tarea de Jorge Isaacs y un siglo más tarde universaliza a la Santiago de Cali cinéfila y salsera.

En el siglo XIX, Isaacs con “María”, sedujo a los japoneses y otros empresarios a que crearan empresas sobre esta hermosa Sultana del Valle.

Pero, en el caso de nuestro joven Andrés, creo que quisimos revertirle su obra literaria y entonces determinamos hacerle padecer sus “destinitos fatales”.

Sí, en cuarenta y cuatro años, desde su muerte y gloria póstuma, a ningún concejal o alcalde se le ha ocurrido esculpirlo en un merecido monumento.

Si este Caicedo hubiese sido un político, creo ya lo hubiesen perpetuado, que de todas maneras viene de un importante árbol genealógico.

Pero como era el escritor emblemático de la nueva cultura popular de los años setenta, había que pensarlo dos veces.

Se quedaron pensando dos, cuatro, dieciséis, treinta y dos, cuarenta y cuatro años. No importan que lo invisibilicen porque, aunque tenga “noches sin fortuna”, “el atravesado” seguirá diciendo “¡Que viva la música!”

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