Hemos padecido de violencia cuando el poder lo han monopolizado marginando la oposición. Ocurrió desde la Patria Boba cuando pugnaban Camilo Torres y Antonio Nariño, continuó en los largos periodos de los regímenes unipartidistas.
En 1946, además de la división liberal, Gaitán perdió las elecciones por el voto amarrado. Después se pactó el Frente Nacional para la equidad bipartidista en el poder, pero los conflictos no cesaron debido a un sistema electoral que impedía el paso a la oposición al amarrar en una elección y en el mismo voto del oficialismo, al candidato presidencial y los postulados al congreso, las asambleas y los concejos.
Recordemos aquella orden de “toque de queda” de 1970 cuando el Gobierno nos mandó a dormir temprano en prevención a posibles desórdenes públicos tras informar unos resultados electorales que sorprenderían a los votantes, ya que presumían quién ganaría la contienda presidencial.
¿Por qué la presunción popular se volvería evidente? Precisamente porque ese 19 de abril se votó con la misma papeleta y cada partido amarraba sus candidatos.
Inaudito que perdiera la presidencia el candidato de la Anapo, mientras sus copartidarios ganaban bastantes escaños legislativos. Por eso uno de los méritos de la Constitución Política de 1991 fue el acabar con el centralismo administrativo que imperó tras la vigencia de la Constitución de 1886.
Con los nuevos tarjetones para elegir no volvimos ni al federalismo del siglo XIX, ni al centralismo del XX, pero sí se legitimó la democracia separando las fechas de elecciones presidenciales, de los comicios legislativos.
Ahora, con el voto amarrado al candidato presidencial pretenden restaurar las dictaduras civiles.
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