En Colombia agoniza la democracia: falta conciencia del significado e importancia social de la política; la Registraduría tiene falencias o simplemente no funciona; y los líderes partidistas hacen componendas a su amaño negociando votos. Anteriormente, la militancia política se fundamentaba con la convicción humana, de manera similar a que se profesara una religión o se fuera hincha de un equipo de fútbol. Ahora ni siquiera se conocen los principios ideológicos de los partidos políticos y, lo más grave, son expresión de la antiética. La primera decisión de cada nuevo ciudadano estaba al abrazar el color político como parte del legado familiar. Desde luego que en las familias también había criterios propios para optar por distinta afiliación. Pero era una decisión respetable de por vida. Voltearse por conveniencia era algo vergonzante y hasta considerado un acto espurio, tanto que despertaba desconfianza y sospecha entre los amigos y en todas sus relaciones sociales. En los últimos años tanto los jefes y sus seguidores han perdido ese pudor. Los jefes, lo dijimos, porque estiman la política como una empresa lucrativa, más que el arte de servir. Sin vergüenza se trastean de la izquierda a la derecha o viceversa, para luego, aprovechando la ignorancia o las necesidades de trabajo de las personas, arriarlas incondicionalmente. En otros países, los partidos son patrimonio político de procesos sociales, económicos e históricos, que se consolidaron en colectividades y continúan vigentes. En Colombia, de la noche a la mañana, cualquiera monta un partido como si impusiera una nueva marca o estrenara otra tienda. Para el ciudadano de la calle cambiar de partido es un medio para conseguir una beca, conservar su nombramiento o esperar un puesto. Otros, cambian de partido político por quedar bien con sus vecinos que aspiran la pavimentación del barrio. También hay corruptos que compran los votos. No faltan quienes votan por recomendación de sus amistades. “La política – decía Voltaire- es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria”. El sistema electoral es uno de los factores que más contribuye en el deterioro de la democracia. Considero que se hace un fraude personal el mismo ciudadano cuando vota a la cámara por un partido y al senado por otro muy distinto. Otrora la papeleta se depositaba en la urna sin fragmentarla porque si no sería causal de nulidad. Paradójico, desde que se institucionalizó el tarjetón el votar puede ser el acto humano con que imitemos a los camaleones. ¿Qué conciencia política puede tener una persona que nada le signifique votar para decidir el destino político de su país? Anteriormente los magistrados de los tribunales y de las altas cortes estaban representados por los más connotados juristas, totalmente independientes de la política. Pero las cosas cambiaron con la Constitución de 1991, porque la cooptación para nombrar magistrados de la Corte Constitucional se mezcló con los partidos en el poder, recibiendo incidencia política. Es decir, el Registrador, que es vital para la democracia, indirectamente perdió imparcialidad, aunque fuese escogido por los presidentes de las cortes. Hay que recuperar la confianza en la democracia, para erradicar la creencia de que en Colombia quien escruta elige. Nuestro sistema electoral está estancado frente a los demás países vecinos, porque ellos eligen sin generar crisis en sus democracias. Sería pertinente que el mismo día de elecciones, más que entregarles datos verbales, los jurados de las mesas les dispensen a los testigos copias de las actas originales de los resultados con valor probatorio. Confiemos que los nuevos legisladores reformen el sistema electoral para evitar que agonice nuestra democracia.
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