Rodrigo F. Chois

De pelos

Rodrigo F. Chois

De chico siempre me parecieron chistosos los calvos. Fueron días de Kojac –el policía que chupaba bon bon- y de la mofa “cabeza de rodilla” que leía en Condorito.

Lejos me imaginaba que años, muchos años después, el tema dejaría de serme gracioso para convertirse en algo alarmante.

Creo que fue como consecuencia de un episodio de estrés –parecido al que muchos calvos atormentados de hoy le atribuyen a la pandemia- el causante de que me naciera un claro en la coronilla… ¡Su descubrimiento fue traumático!

Y vino el uso de todos los menjurjes habidos. Pero el claro en cuestión en lugar de repoblarse, iba haciéndose más extenso.

Pensé entonces en otra solución: Un corte adecuado.

Primero evalué el estilo “conbomber”, un arreglo especial que consiste en dejarse crecer el cabello lateral que nace en una de las sienes y, ya largo, peinarlo hacia el otro lado de la cabeza para cubrir la calva.

No obstante, mi estética ilusión se hizo trisas el día que vi a un calvo infeliz lidiando con una fuerte ventisca.

Resignado estaba a llevar mi corona cual si fuese fraile franciscano, hasta que llegó la moda de los cortes mohicanos.

La cosa mejoraría mucho más cuando, gracias a las series online, floreció el encanto por los vikingos y sus estilos rapados. Así fue como comencé a usar el corte Lagnar Lodbrok.

Como la esperanza es lo último que se pierde, un remedio que encontré en TickTock me ha puesto de nuevo a fantasear; pero jamás dejando de recordarme a mí mismo y a quienes comulgan con mi cuita, que la mayoría de nosotros nacemos calvos.

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