Del robo del plebiscito al referendo

De la indignación a la construcción

Paloma Valencia

Da mucha tristeza ver a Colombia yendo en dirección contraria de su propio porvenir. Necesitamos superar la pobreza y para eso requerimos crecer económicamente. Sin embargo, estamos destruyendo el sector productivo y generando más desempleo y desesperanza.

Todos tenemos críticas sobre nuestro país. Me desespera ver tanta corrupción y sobre todo tanta ineficiencia y lentitud de hacer lo que se requiere. Me frustra que no todos seamos conscientes de nuestras riquezas ambientales y que no sea un propósito nacional cuidar nuestra biodiversidad y la Amazonía. Me enfurecen las obras públicas costosas, lentas y hechas imperfectamente. Me descorazona la mediocridad del sistema público de educación básica. Sufro sabiendo que tenemos pobreza, que es inaceptable para un país de nuestras posibilidades. Padezco por la lentitud con la que solucionamos todo… Podría extenderme en una lista larga y amarga; la conozco bien. Sin embargo, toda esa indignación no es para llorar por el pasado, para no hacer o para destruir. Debería convertirse en energía para construir el futuro.

Veo una juventud que se duele de todo eso, pero que se limita a darse explicaciones cortas y simples sobre porqué estamos así. En general, los veo furiosos con todos los líderes (¿cualquiera mayor de 40?) por ineptos, en el mejor de los casos, o corruptos. No pretendo aquí decir que no los hay, pues hay muchos. Pero en general, creo que nuestro país pese a todo ha venido haciendo la tarea. Ojalá hubiera fórmulas mágicas para solucionar los problemas. Es difícil desarrollar un país, nadie es subdesarrollado por gusto; diría que nadie está conforme con el estado de las cosas. Todos vemos los problemas. Sin embargo, insisto en que el camino es construir y avanzar.

La izquierda idealista siembra la idea de un mundo perfecto, con el que todos podríamos estar de acuerdo. Sin embargo, seguidamente propone dos ideas que no sirven. La primera que hay una conspiración. Hay unos poderosos que se benefician del sistema y que hacen todo lo posible para mantener el poder y mantener el estado de las cosas. Genera odio de clases y clasifica a los culpables de manera simple. Creo que es falso, porque asumo, que en general, todos quisiéramos que Colombia y el mundo estuviera mejor. Los odios dentro de una sociedad tampoco sirven, no se puede construir un futuro para todos si algunos quisieran que los otros no existieran. No hay redención posible.

Segundo, la izquierda nos propone la revolución, esto es derruir todo lo que hay, abre espacio para lo mejor que está por venir. Esta visión justifica la violencia y la destrucción. Olvida que lo que se destruye queda destruido. Se pierden muchos esfuerzos y tiempo. Además, ese mundo ideal no llega nunca. Basta repasar el destino de los países comunistas que con un sueño se lanzaron a destruir todo para dar espacio a ese paraíso y lo único que han disfrutado es de pobreza y represión.

Hay miles de cosas que cambiar, millones por las cuales estar indignado. Insisto, eso no justifica la violencia. Tal vez, si miráramos objetivamente por qué, como nación no hemos logrado más, la violencia sería la respuesta más acertada. Siempre nos descarrilamos, nos lanzamos en busca de atajos que en general no conducen a ninguna parte. Justificamos los crímenes y la destrucción. La violencia y las vías de hecho están en un pedestal donde todavía creemos que de algo sirve. Destruir, no construye. Dañar solo perjudica. ¿Hasta cuándo en Colombia vamos a buscar en el caos y a través de la violencia, lo que sólo se consigue con unidad y trabajo?

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