Hay noticias que deben avergonzar a toda la ciudad; no porque ocurran por primera vez sino porque corremos el riesgo de empezar a verlas como parte del paisaje.
Este es el daño más profundo que produce la violencia: no solo arrebata vidas, sino que también anestesia nuestra conciencia.
La reciente e impactante muerte de una jovencita de veintiún años con ocho meses de embarazo no puede convertirse en una estadística más.
Ella salió de su casa para un control médico y nunca regresó. Días después, apareció su cuerpo sin vida.
La investigación apenas comienza y serán la Fiscalía y las autoridades quienes podrán determinar quién deberá responder por este atroz crimen.
Mientras tanto cualquier especulación sobra. Pero lo que sí es indiscutible es que una mujer fue asesinada cuando estaba a punto de convertirse en mamá, por lo que junto con ella también se apagó la vida del inocente ser que traía en su vientre.
Estamos ante uno de los delitos que trascienden el dolor de una familia; un crimen que sacude los cimientos de nuestra sociedad.
Y no importa cuál termine siendo la respuesta de los entes investigadores, ni cuál haya sido el móvil; lo verdaderamente alarmante es que en Cali terminemos aceptando con triste resignación que una mujer embarazada pueda salir a una cita médica y no regresar jamás.
Si permitimos que hechos como este se desvanezcan entre titulares pasajeros y cifras oficiales; la despreciable violencia contra la mujer conseguirá una segunda victoria: que la indignación se convierta en costumbre.
Y si como caleños nos acostumbramos a este tipo de horror, poco a poco comenzaremos también a perder nuestra humanidad.
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