Terminé la primera parte de mi columna “Corrupción galopante”, señalando que la gravedad está en la pérdida de valores, en la desvergüenza de los gobiernos y en el olvido del pueblo que es utilizado cada cuatro años. Ahora confrontemos la literatura con la política, por ejemplo, “El príncipe” de Maquiavelo con “El otoño del patriarca” de Gabriel García Márquez. “El poder era un vicio sin término cuya saciedad generaba su propio apetito”. (El otoño…). “Hay tres clases de intelecto: el primero discierne por sí; el segundo entiende los que los otros disciernen; y el tercero no discierne ni entiende lo que los otros disciernen. El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil”. (El príncipe…).
Los textos de ciencia política se parecen a los de la literatura, ambas pueden ser consideradas clásicas porque siguen vigentes a través del tiempo. A Mario Vargas Llosa alguna vez le preguntaron que, si la novela de su amigo “Gabo” ya había pasado de moda y él, sin vacilar, respondió que así no lo veía porque auguraba que renacería con más fuerza entre los lectores de siglos futuros, ya que “Cien años de soledad” es una novela clásica. Esto también podemos decir de “Estructuras de poder”, un ensayo político de Max Weber, porque leyendo sus argumentos podríamos pensar que se anticipó a la corrupción que actualmente padecemos en Colombia.
Es más, su lectura nos puede aterrizar a los colombianos en estos tiempos de las falsas noticias, de las argumentaciones sucias entre contradictores y de la incertidumbre de un pueblo que fácilmente es manipulable. Hasta hace medio siglo todavía podíamos clasificar las colectividades políticas, porque no se fundían tan indisolublemente con el poder económico.
Pero ya degeneraron recíprocamente los dos poderes que hasta se utiliza la política para debutar en el económico y viceversa. Algo referí en la primera parte de mi columna sobre la corrupción. Esta se puede diagnosticar como el cáncer que desfigura al sistema democrático. Max Weber advierte las opciones de la fuerza o el prestigio como disyuntivas del poder político. Miremos qué nos pasa en Colombia. “Lo común a todas las formaciones políticas es el empleo de la fuerza, lo que las diferencia es el modo y el grado en que usan o amenazan usar dicha fuerza contra las demás organizaciones políticas”. La teoría de Weber no habla en exclusivo de la fuerza gendarme, podemos relacionarla con el peso de lo jurídico. Si queremos ampliar este tema, consultemos “El derecho como obstáculo para el cambio social”, de Eduardo Novoa Monreal.
Quienes asaltan el poder político legislan nuevas normas que relevan las sociales con otras que les afiancen su dominación. Una de las consecuencias de la corrupción es la dominación de un pueblo manipulable, cuya ceguera no le permite percibir que es víctima de un líder carismático que usa su poder político para afianzarse en la administración y enriquecerse diezmando al Estado. “A menudo, el carisma desprecia deliberadamente la tenencia de dinero y de ingresos pecuniarios per se, como hizo San Francisco y otros como él; claro que esto no es la regla. Incluso un pirata extraordinario puede ejercer un poder carismático, en el sentido valorativamente neutro con que usamos aquí la expresión.
Los héroes políticos carismáticos intentan lograr un botín y, especialmente, oro. Pero, y esto es lo esencial, el carisma siempre desprecia como algo oprobioso todo beneficio pecuniario metódico y racional (…) En forma ideal el carisma jamás es fuente de ganancias privadas para sus depositarios”. La corrupción seguirá galopante si los colombianos continuamos como discernidores de tercera clase.
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