Los arrendamientos más costosos no son los de viviendas de estrato seis. Paradójicamente es más caro vivir bajo circunstancias extremadamente difíciles como ocurre en los centros de reclusión.
Denuncias de algunos internos dan cuenta que cuando un detenido es remitido a una cárcel el primer gasto es pagar para que se le asigne un patio que cuente con mediana seguridad, también para acceder a una celda cuyo costo varía si se quiere tener un espacio exclusivo o compartido, si se ubica en los planchones de la parte alta del calabozo (construidos a manera de camarotes) o en el suelo.
Los precios para tener derecho a un determinado patio oscilan entre los $200.000 y $3.000.000, según el sitio y poder económico de los internos, y el arriendo mensual de una celda puede valer hasta $6.000.000.
Por todo se paga y para todo hay tarifas. Si no quiere dormir en el planchón duro debe adquirir un colchón, se venden cobijas, implementos de aseo, derecho a trabajar en la cocina, talleres o espacios educativos; derecho a un celular, alimentos diferentes a la ración que se entrega diariamente, licor, cigarrillos, televisores; la lista es inagotable.
Es tan descarado el mercantilismo que en los días de visitas cobran hasta $50.000 o más por acceder a los primeros puestos de la fila de entrada y si lleva un recipiente con alimentos, podría ser objeto de la exigencia de un “peaje” para ingresarlo.
Incluso los permisos para citas médicas externas o para salir temporalmente del penal pueden tener tarifas.
Este es un mundo aparte, hasta que no se aborde decididamente el tema con una política pública seria seguiremos padeciendo las consecuencias de un sistema carcelario deficiente y sin control.
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