Y ahora la atención se centra –por encima del conflicto ucraniano- en el agarrón que tienen dos presuntos cantantes. Y como a este escribidor le suelen atraer también las futilidades, escuché la “obra” musical en la que uno de los cantantes de origen puertorriqueño arremete contra un compatriota que también se dedica a la creación de tal estilo musical.
La verdad no soy fanático de ninguno de los dos pretendidos artistas, aunque confieso que he cabrioleado –con un par de rones encima y con una excelente compañera de baile- ese tema que dice “Atrévete-te-te, salte del closet; destápate, quítate el esmalte; deja de taparte…que nadie va a retratarte”.
Siendo honestos y en mi rústico concepto, considero que las letras del pretendido rapero boricua –incluyendo las contenidas en la diatriba contra nuestro conterráneo- contienen unas rimas tan exageradamente forzadas que se me haría imposible catalogar su música como arte.
No entiendo el motivo de la sobreentendida pelea. Que uno se cree más artista que el otro, que al otro le disgusta que el une se jacte de sus logros, etc. Son tan traídos de los cabellos las razones de la grandilocuente trifulca que me aventuraría a creer que se trata de una estrategia de medios y merchandising. Y sí, tal vez estoy haciéndoles juego con esta nota.
Que este tipo de música es la que más gusta hoy, que es la que más dinero produce, que es la que manda la parada sólo demuestra el cinismo al que hemos llegado. Oscar Wilde bien definía a los cínicos como aquellos sujetos que conocen el precio de todo, pero el valor de nada.
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