Quien debe estar muerto del susto haciendo cuentas y tratando de acomodar las cartas en la partida de póker que para él se ha convertido el proceso de paz y su reelección es el presidente Santos. A quien más puede llegar a debilitar la enfermedad progresiva y mortal de su nuevo mejor amigo, el presidente Chávez, es a él. Debe saber que tal como ha acontecido en el pasado, con caudillos que bajo regímenes de terror lideraron las revoluciones francesa y bolchevique, que estos eventos terminan en la desaparición de sus jefes naturales y en el inicio de unas guerras civiles.
Al presidente Santos el chavismo se le convirtió en el elemento nivelador y disciplinador de quienes hoy a nombre de las Farc fungen como negociadores en La Habana. El proyecto bolivariano, que a pesar de no haberse extendido como lo soñara Chávez, ha encontrado en el secretariado el instrumento para legitimar su presencia política en nuestro país. Esta es la razón por la cual la ruta de finalizar el conflicto está directamente direccionada con los afectos que Márquez y compañía tienen por Chávez. El santismo corre un riesgo muy grande de convertirse en el sepulturero de la democracia colombiana al apostarle y relegar el manejo del proceso de paz en cabeza de Chávez.
Este año que termina con el presidente venezolano, instrumentalizando quizás por última vez su enfermedad para ganar las elecciones regionales, y además tratar con su presencia en La Habana de manipular el proceso de paz, convierte al presidente Santos en un subalterno que depende de Chávez para negociar con Márquez y poderse reelegir. Las treguas unilaterales casi siempre incumplidas, le están dando la razón al ex presidente Uribe, quien desde su esquina viene argumentando que al final de todo este periplo, el terrorismo se habrá legitimado.
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