Cesó la horrible noche

Rodrigo Fernández Chois

No había sentido tanto miedo desde la noche en que seis hombres armados ingresaron a mi hogar y me obligaron, junto con mi familia y a la de unos amigos que nos visitaban en aquella ocasión, a permanecer encerrados en un baño mientras desbarataban la casa.

La noche del paro volví a sentir “lo que es el verdadero terror”. Con un palo de escoba y sí -quien lo creyera- también con “un bate de béisbol del extranjero de esos que dicen Tony armas”, me propuse defender a mi familia. Cerré todas las posibles entradas y tras constatar que la madera de las puertas podría no resistir un ataque inusitado, comencé a erigir barricadas. Al tiempo que las levantaba recordé la película de ciencia ficción La Purga, apagué todas las luces y empecé a sentir que los minutos trascurrían lentamente.

Afuera, lejos, alcanzaba a oír el ulular de tormentosas sirenas. El tenue brillo proveniente de la pantalla de mi celular era la única luz que me arropaba. Estaba ahogado contemplando el despliegue de brutal vandalismo que sometía a nuestra ciudad.

Momentos después, cuando recibí los primeros informes de que la fuerza pública había controlado la situación volví a respirar.

Quiero en esta columna de opinión, y después de que gracias a Dios cesó esa horrible noche -que pasará a la historia-, dar gracias y hacer un reconocimiento público a la valiosa misión de nuestra Policía Nacional, del Esmad y del Ejercito Nacional. Nuestras Fuerzas Militares y de Policía constituyen la única protección que tenemos los ciudadanos inermes contra los violentos, vándalos y terroristas que intentan menoscabar nuestros elementales y básicos derechos.

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