Cali ¿una ciudad que ya no ofrece certezas?

Carlos Andrés Arias Rueda - Concejal de Cali

Las generaciones anteriores tenían la certeza de que, si trabajaban duro y de forma honesta, podrían conseguir una vivienda propia y podrían desarrollar su proyecto de vida en una ciudad como Cali en donde, por su clima, su ubicación geográfica y su composición multicultural, aparecía como una de las opciones privilegiadas para tal fin. Cali pues, se convirtió en un paraíso, bautizada como la “sucursal del Cielo”, la ciudad del empuje, que en un momento, a mediados de la década de 1970, llegó a tener más hoteles de lujo que Cartagena y Santa Marta, la capital deportiva de América, la capital mundial de la salsa.

Quienes vivimos en Cali hoy en día, desafortunadamente no podemos decir lo mismo. Vivimos en una ciudad distópica en donde el miedo se campea libremente por las calles y llega hasta nuestros corazones. No podemos salir a la esquina tranquilos, porque el miedo a que una moto se pare a nuestro lado y nos quite nuestras pertenencias, nos hace caminar como si estuviésemos en una película de espías a cada segundo.

Nada quedó de aquella evocación celestial que fue inmortalizada por el Maestro Jairo Varela. Vivimos en medio del caos, no solamente criminal, si no también en materia de movilidad. Muchas personas que antes disfrutaban conducir, ahora lo hacen con sentimientos de angustia, frustración y, nuevamente, miedo, porque para un conductor en Cali, nada le produce más pánico que dos motociclistas se le paren al lado en un semáforo: en 60 segundos se libera la adrenalina equivalente a verse las películas de El Conjuro de una sola sentada, y ello varias veces por trayecto, por eso conducir agobia, por eso la gente llega cansada a sus lugares de trabajo. Cali se convirtió en una ciudad de personas cansadas, hasta emprender cansa, si quieres emprender un negocio, los extorsionistas hacen cola al lado de los clientes, cuando no son los gota a gota los que te ahorcan hasta exprimir el último peso.

La cultura mafiosa de la década de 1980 que impregnó todas las esferas de nuestra ciudad nos dejó una secuela del dinero fácil, de la cual no hemos podido recuperarnos. La tentación de la narco-vida aún se extiende impunemente por las generaciones más jóvenes.

Pero la desesperanza, la desazón y la incertidumbre no pueden ser la razón que nos conduzca, debemos resistir, debemos luchar por recuperar nuestra ciudad, por hacer valer nuestros sueños, por revivir el espacio para desarrollar nuestros proyectos de vida, volver a tener certezas, en un mundo de inseguridades, volver a ser grandes en medio de la pequeñez y la mezquindad de unos cuantos; pero ello sólo es posible si es un sueño compartido en el que todos sumamos.

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