Ordenar los libros en la biblioteca puede ser una tarea para pasar el confinamiento de una manera útil. Hay quienes optan por hacer esta labor al final de cada año para renovar sus títulos, reubicar otros, o renovar la bibliografía. También, hay quienes hacen esa misma actividad con los discos compactos, y se llevan ciertas sorpresas y angustias, por la pasión con la que se realiza la acomodación de libros o cds. Parece que se le fuese una parte del cuerpo a uno, cuando se despoja de uno de ellos, me digo.
Y eso me ha sucedido en el transcurso de algunos días, cuando las tareas semi-presenciales permiten dedicarme a esa actividad bastante dispendiosa, pero necesaria.
Decidí entonces, tal vez violando toda norma de catalogación, ordenar la biblioteca conforme a mis gustos literarios, y me dije que a Gabo tendría que ponerlo a vivir en ese confinamiento de las tablas de la biblioteca junto a Mutis, más allacito de Vargas Llosa, para evitar malestares y resquemores añejos.
En otro nivel me dediqué a la literatura colombiana, y me dije que era pertinente dejar en diálogo a Juan Gabriel Vásquez con William Ospina, y que le pasen la palabra a Julio César Londoño “el palmirano universal” y este, con su inteligencia y lenguaje preciso, le diga a Evelio Rosero o a Tomás González que prosigan la escritura silenciosa pero inagotable.
Seguí ordenando o desordenando quizás los libros. Me desesperaba al reconocer que algunos son buenos en novela y cuento y poesía. No supe dónde ubicarlos. Quise valorarles más un género que el otro pero era pecar, y me dejé llevar por los dictados del corazón, y ahí voy, poniendo y quitando sin saber hacia dónde va la obra final.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar






