Culminé las interminables horas del curso teórico de conducción. A pesar de que manejo desde los dieciséis, el deseo de aprender a manejar motocicleta me obligó a matricularme en una academia. Y como mi pase es de los viejitos –sí, de los grises-, en enero tenía que refrendarlo. Mejor dicho, todo de una vez.
Para los antiguos como yo -y con licencia ídem- les cuento que no tienen que someterse al curso, pero sí deben realizar un examen médico; un proceso amigable que los obligará a transitar por un oftalmólogo, un fonoaudiólogo, un sicólogo y un médico general para demostrar que siguen siendo aptos. ¡Yo lo sigo siendo!
Me quedan las horas prácticas que intuyo serán mucho más agradables que sus pares de escritorio, conclusión que suelo aplicar para todas las cosas en la vida.
Para ser honesto, haber cursado el itinerario teórico fue muy enriquecedor… Sobre todo, para este servidor que aprendió a manejar casi que de manera autodidacta. Confieso que a pesar de llevar más de treinta y cinco años detrás de un volante, no me las sabía todas.
Aprendí mucho de cuidado vehicular. Doy fe que antes del curso, muchas de mis clientas sabían más del tema que yo.
Aprendí otras cosas interesantes como por ejemplo que los policías acostados se llaman resaltos, que en luz roja podemos girar cuidadosamente a la derecha cosa que sólo creía posible si había la señal expresa que así lo indicara. Y que cuando una ambulancia o cualquier otro vehículo con sirena está detrás nuestro, no podemos ni debemos cruzar en luz roja para darle paso. ¡Vale la pena el curso!
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