Confiábamos que por la sentencia en derecho se le garantizaría un merecido final feliz. Estábamos equivocados, sigue otro capítulo de su martirio. No quisiera parecerme a esos directores del terror que filman segundas partes que hacen estremecer a masoquistas cinéfilos. No acostumbro a usar un titular dos veces. Pero esta excepción a mi regla tiene como propósito que el nombre de este joven músico martirizado quede indeleble en la memoria de los caleños, mejor dicho, de los colombianos, porque su historia es sui generis y dio la vuelta al mundo.
Retomo la historia porque hace ocho meses algunos no se enteraron, otros, acostumbrados a las malas noticias, olvidamos fácil y confundimos su trascendencia social. Comprensible es que muchos ignoraren el caso de Álvaro Herrera Melo, porque en los días aciagos del terror en nuestra ciudad, para evitar enfermar sus espíritus, prefirieran apagar las redes sociales, no leer prensa, ni ver telenoticias.
Mi columna del 31 de mayo de 2021, dedicada al músico, traía una reflexión esperanzadora: “como católico creyente confié en el poder de la oración y la voluntad divina que evitarían otra injusticia, pues ya bastantes teníamos y nos saturaban”. Álvaro Herrera Melo fue detenido después de un concierto al aire libre y conducido al puesto de policía “La María” de Ciudad Jardín. A los pocos minutos fue divulgado un video oficial que lo mostró golpeado y forzado a auto incriminarse de acciones terroristas. Pero la realidad fue su participación en el cacerolazo sinfónico de apoyo al paro nacional. La solidaridad inmediata y conjunta de sus compañeros músicos de Bellas Artes y de la Universidad del Valle, evitó otra injusticia.
El caso de Álvaro sucedía en nuestro país, que todavía no caía al abismo total, su judicialización era el camino esperanzador para demostrar su inocencia. Fue remitido a la Fiscalía, donde gracias a la intervención del abogado defensor Sebastián Caballero, se logró su libertad tras demostrarse la falsa imputación.
“Los músicos sólo saben alegrar espíritus –escribí el 31 de mayo- pero eso no quita que sus sonidos también sirvan para alentar la protesta”. Todos pensamos que era una sentencia en derecho para la justicia y un final feliz para él, su familia, sus condiscípulos de Santa Librada, sus maestros, sus colegas artistas, sus amigos y los colombianos. Pero no fue así. Siguió su martirio, las amenazas contra su vida hicieron que Álvaro Herrera Melo tuviera que salir del país. Un reto digno para que la Fiscalía confirme su eficiencia en las investigaciones, más en este caso, donde simplemente es devolver la cinta y revisar las grabaciones. El corno francés, no era un arma de vándalo, sino el instrumento que toca Álvaro Herrera Melo, pero que como dijera mi amigo José Urbano, “los sonidos largos son usados para confundir a Satanás y los cortos recuerdan los suspiros del pueblo”.
En la primera parte de mi columna confesé que cuando escuché la noticia temí que en Álvaro Herrera Melo se repitiera la historia trágica del cantor chileno Víctor Jara. No se repitió, gracias a la Divina Providencia y la justicia. Pero su historia ahora se asemeja a los hermanos Ángel e Isabel Parra, quienes temiendo por sus vidas tuvieron que asilarse en Europa mientras en Chile gobernó la dictadura de Augusto Pinochet. “Amenazas, interceptaciones, seguimientos –declara Álvaro- es lo que está sufriendo mi familia. Por eso, para seguridad nuestra, hemos decidido salir del país”. A pesar de su martirio, Álvaro Herrera sigue fiel a su concepción: “El arte no es un objeto de decoración, sino que debe generar procesos sociales”.
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