Cuando tenemos ganas y no hay forma, comenzamos a dar brinquitos, apretamos las piernas y respiramos como si estuviéramos en plena sesión de parto. ¡Es la tortura de las torturas! Y cuando por fin logramos evacuar la vejiga, el placer es inconmensurable.
Es tal vez el hecho de que pasamos en tan sólo unos segundos del extremo punzante a la cima celestial de la escala del placer lo que hace que la llamada agüita amarilla tenga cierta fascinación obsesiva para algunos excéntricos.
Que lance la primera piedra quien no haya sentido el goce infantil de despedir su particular líquido en la cama, en la piscina –o más sublime aún- en la inmensidad del mar. Yo aún recuerdo la sensación de calorcito de la última vez.
Pero cuando la manía trasciende el plano personal e involucra en la edad adulta a otros prójimos, tal conducta se incluye en el grueso compendio de los desórdenes mentales. Personalmente creo que es algo extremo tal clasificación, pero no soy experto.
Parafilia es la palabra con la que los doctos definen aquellas prácticas, deseos sexuales o comportamientos atípicos, anormales o inusuales. Y en el caso de los amantes de la lluvia dorada –¡poético nombre hay que decirlo! – se denomina urolagnia.
Relación de poder, marcar territorio, masoquismo, humillación, sumisión o dominio; solo las mentes de sus adeptos lo podrán entender, comprender y, por supuesto, disfrutar. Y al parecer son muchos… Incluso dicen los rusos que el presidente Trump con el supuesto WaterSportGate es fan de tales prácticas. En fin, sea como fuere; el punto es y será como dice Hamlet “Ser o no ser” …orinado.
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