Abuelos desarmados

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Los literatos acuden a la historia para contextualizar sus narraciones, pero los historiadores poco se han valido de la literatura al investigar.

Hay novela histórica, pero no historia fundamentada en la novelística. Esa ortodoxia ha rechazado las ficciones. La historia ha sido una disciplina fundamentada al rigor de categorías económicas.

“Los diez días que estremecieron al mundo”, de John Reed, y “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, son aproximaciones pues sus autores no fueron historiadores sino periodistas o escritores.

Por eso es innovadora la propuesta metodológica “La increíble y triste historia de la cándida Leticia y sus abuelos desarmados”, de Adolfo León Atehortúa Cruz (Universidad Pedagógica Nacional. Ediciones Aurora. 2020), de cotejar literatura e historia.

Si Gabriel García Márquez preparaba sus novelas acudiendo a la historia, esta vez este historiador decidió seguirle las huellas al realismo mágico para esclarecer la guerra entre Colombia y Perú de 1932.

Es sorprendente su erudición sobre la obra de Gabo, por ejemplo, cuando descubre un intercambio epistolar para un proyecto narrativo que prepararían a cuatro manos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, truncado por el puñetazo que canceló su amistad.

El historiador propone que, si Gabo acudió a la historia, ahora esta puede nutrirse de su rico legado literario, gran parte inédito en manuscritos.

El estilo de Atehortúa transita entre la literatura y las categorías históricas, cuando coteja los hechos de 1932 con el realismo mágico, dejándonos saborear un zumo garciamarquino que cultivó desde adolescente al iniciarse con “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada” (1972).

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