A las puertas de Oslo

El estado de la opinión pública, que antecede el próximo encuentro del gobierno con las Farc, en Oslo, está caracterizado por la esperanza, el escepticismo y el rechazo a las concesiones.

Pero, existen más elementos de juicio. Que esa organización terrorista no ha hecho sufrir a nadie, dijo Granda; después Paris advirtió que a la conversación no se le pueden poner plazos fatales, retando así las afirmaciones del Presidente Santos en el sentido de medir los avances en meses, y, a los pocos días, alias el médico sentenció que hay que hacer cinco reformas agrarias y enterrar los acuerdos de libre comercio. Es evidente que las Farc montaron ya su plataforma de propaganda política, como tantos lo temíamos, porque eso es lo que siempre han hecho. Mientras tanto, el gobierno, fiel a la teoría de la discreción, sobre cuya bondad no hay discusiones, guarda silencio.

Esto funciona cuando se hacen acuerdos en la materia y quienes están dialogando los cumplen. No obstante, en ausencia de esos entendimientos, o cuando ellos se violan, la locuacidad de uno y el silencio del otro puede hacer daño.

Eso es lo que está pasando. Mientras los voceros de las Farc desafíen y agredan a la sociedad colombiana, diciendo lo que les viene en gana, el gobierno debe responder y reiterar cuáles son las líneas rojas, a fin de notificar, sin lugar a dudas, las materias que no son, en ningún caso, negociables.

Hay muchísimos colombianos que tienen reclamos, dudas e inquietudes y aspiran a verse representados también en los pronunciamientos del gobierno que eligieron. Y eso es mejor hacerlo cuando aún se está a las puertas de Oslo.

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