El 2026 no llegará como un ciclo económico más, sino como una máquina que intenta avanzar aún con sus engranajes secos.
La cifra de un crecimiento global del 2.4% no es, por sí sola, la alerta; el verdadero mensaje está en las tensiones que la rodean.
La geopolítica, la tecnología y los mercados avanzan con ritmos dispares, y ese desacople es lo que convierte el año entrante en un escenario donde la fricción ya no es un evento, sino una condición estructural.
El primer indicio aparece en el comercio. Tras un ciclo de integración relativamente fluido, el intercambio global crecerá por debajo del 2%, reflejando no sólo el giro proteccionista de Estados Unidos, sino el trasfondo ideológico que lo acompaña.
Las automotrices reorganizan plantas para esquivar aranceles, Europa evalúa barreras frente a los vehículos chinos y la regulación financiera se inclina hacia una divergencia sostenida. Sin embargo, el mecanismo profundo no es técnico.
Como sugiere Ivan Krastev, Washington está proyectando hacia sus aliados una agenda interna que reconfigura la política europea, dando forma a lo que describe como “Este-ernización”: la expansión de actitudes iliberales desde el Este hacia el Oeste.
Esta fractura no enfrenta a proamericanos y antiamericanos, sino a quienes simpatizan o rechazan el modelo MAGA.
El segundo frente llega desde la tecnología. La Inteligencia Artificial avanza, conquista nuevos sectores y promete eficiencias que, sobre el papel, parecen inevitables.
Hollywood permitirá que en los Premios Oscar participen producciones hechas con IA; Meta aspira a automatizar la pauta digital; y los centros de datos multiplican su escala al punto de consumir un 3% adicional de la demanda eléctrica global.
Pero ese avance tropieza con el límite de la percepción social, pues la crisis reputacional de 2025 y el rechazo a figuras digitales sintéticas recuerdan que adoptar tecnología no es lo mismo que aceptarla.
Esa es la paradoja de fondo: una revolución concebida para aliviar fricciones termina provocándolas, tanto a nivel energético como humano.
El tercer elemento es la economía de búnker. Ante un entorno donde la incertidumbre se normaliza, los flujos financieros están gravitando hacia la defensa y la autarquía.
El gasto militar alcanzará 2.9 billones de dólares y la transición energética avanzará por razones que no son sólo climáticas, sino porque cada país busca garantizar su propio suministro en un mundo más inestable.
El encarecimiento del acero verde y del cobre —cerca del 7%— revela la tendencia de que los Estados están construyendo infraestructura propia para asegurar energía, minerales y seguridad.
Este cuadro plantea interrogantes inevitables: ¿Hasta dónde puede un sistema sostenerse cuando su avance depende de administrar tensiones más que de reducirlas?, ¿Qué margen real tienen las organizaciones para operar cuando la estabilidad regulatoria se convierte en una excepción?, ¿Cómo se redefine el liderazgo en un año donde la velocidad importa menos que la resistencia al desgaste?
El 2026 obligará a asumir que la fricción ya no es solo ruido, sino parte de la nueva arquitectura del poder.
Frente a ese escenario, la clave no será esquivar tensiones, sino operar con estructuras capaces de absorberlas. Quien entienda ese cambio podrá avanzar sin depender de una estabilidad que ya no está garantizada.
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