Cali, agosto 28 de 2026. Actualizado: viernes, agosto 28, 2026 12:04
Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial Diario Occidente
La salud pública en la historia, la cultura y la literatura, son temas aún por investigar. A propósito de la discusión que adelanta el Congreso de la República para reformar el actual sistema de salud, una anécdota ocurrida en una mesa de líderes comunales, donde también invitaron a varios representantes de los resguardos de la zona rural, demostró qué significaría el tener en cuenta los saberes ancestrales como referentes de la salud pública.
Cuando los organizadores del evento repartieron los refrigerios, consistentes en cajitas de jugo industrial, acompañadas de pasteles empacados y conservados con sustancias químicas, el gobernador indígena representante de un resguardo, agradeció el gesto pero dijo que por su salud prefería ingerir agua y frutas que trajo en su mochila, al tiempo que les participó a los asistentes que le aceptaron.
Al tocarle el uso de la palabra ofreció disculpas por su descortesía y pasó a diferenciar los saberes ancestrales, la farmacopea española y la medicina moderna. Explicó cómo en su resguardo practican la salud preventiva, valoran la higiene, sus costumbres alimentarias y el contacto con el agua, las plantas y la energía solar.
Retrocedió a los congregados en 530 años, al arribo de los conquistadores y, con ellos, de las enfermedades, las epidemias y la farmacopea.

Los saberes ancestrales que en inhóspitas comunidades curan sus enfermedades, todavía están inexplorados por la medicina, porque sólo se les mira como parte del folclor, aunque son muchos los testimonios de personas que desahuciadas por los médicos, se salvaron cuando acudieron al Amazonas y fueron curados con botánica de los chamanes.
El territorio precolombino estuvo habitado por pueblos muy laboriosos y sanos, a los que los conquistadores españoles sometieron, adoctrinaron, violaron e infectaron de gonorrea, sífilis, viruela y de enfermedades mentales ocasionadas tras romper la armonía de los seres humanos con su otrora entorno sagrado y pacífico.
“El chamán nacía y se hacía. La regla era una combinación entre la designación sobrenatural y la severidad de una formación rigurosa”. (Historia de la medicina en Colombia). Editorial Norma 2007.
La medicina ancestral practicada por los indígenas fue lo que primero llamó la atención de los cronistas de Indias, recién llegados al Nuevo Mundo, oriundos de una España que todavía echaba mano de la farmacopea para curar sus enfermedades, algunas veces, recurriendo al estiércol de ratón y la sangre otros de animales.
“El Mundo medieval se regía por analogías, por comparaciones, por espejos naturales donde los efectos de una causa se reflejaban en la otra. Para el siglo XV, la farmacopea seguía siendo la vieja ciencia fundada en los conocimientos mínimos de una medicina positiva con bases de Galeno y Esculapio. La fantasía, era la gran panacea para soñar remedios”. (La farmacopea del Descubrimiento) Guillermo Anjel. Publicación de Laboratorios Ecar 1992.

Después del levantamiento comunero de 1781, el Virreinato de la Nueva Granada planeó la Expedición Botánica (1783), dirigida por los sabios José Celestino Mutis, José Ignacio de Pombo y Francisco José de Caldas, como una eficaz estrategia para calmar los ánimos de los independentistas.
Esa expedición botánica logró hacer un inventario cuantitativo, más que cualitativo, de la riqueza de la flora sobre el paisaje neogranadino y, por el contrario, se convirtió en otra causa interna que animó a los patriotas para acelerar la independencia movidos por esa riqueza natural con que evitarían la extinción de los saberes milenarios.
Pero, toda esa riqueza botánica con propiedades medicinales, que los chamanes aprovechaban milenariamente con fines curativos, fue desestimada al fundarse las universidades que profesionalizaron los primeros médicos.
No obstante, por tradición oral, aquellos saberes siguen vivos, conservados por las prácticas de los chamanes, en las regiones apartadas del litoral y de las selvas colombianas donde no llega la acción del Estado y es la única alternativa de salud para curar las enfermedades.
Se han hecho algunos encuentros de saberes ancestrales, promovidos por las facultades de sociología, pero sólo quedan recopiladas en memorias universitarias con publicación muy restringida.

Jorge Isaacs y Gabriel García Márquez, los escritores más importantes de la literatura colombiana en las dos primeras centurias, uno exponente del romanticismo y el otro del realismo mágico, involucraron los problemas de la salud y la medicina al narrar “María” (1867) y “Cien años de soledad” (1967).
Nuestro Premio Nobel lo hace en todas sus novelas, pero sobre todo, en su icónica “El amor en los tiempos del cólera” (1985). María padece de epilepsia. En Macondo sus habitantes padecieron de la peste del olvido y José Arcadio Buendía estuvo sumido en la locura amarrado junto al árbol de castaño.
En “El amor en los tiempos del cólera” (1985), el médico José Urbino es uno de los personajes principales de la novela.
“Era capaz de saber lo que tenía un enfermo sólo por su aspecto, y cada vez desconfiaba de los medicamentos de patente y veía con alarma la vulgarización de la cirugía, decía: El bisturí es la prueba mayor del fracaso de la medicina… En todo caso –solía decir en clase-, la poca medicina que se sabe sólo la saben algunos médicos…De sus entusiasmos juveniles había pasado a una posición que él mismo definía como un humanismo fatalista: cada quien es dueño de su propia muerte, y lo único que podemos hacer, llegada la hora, es ayudarlo a morir sin miedo ni dolor”. (Obra citada página 18).
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