Como colombiano, nada sería más satisfactorio que resaltar grandes logros del Gobierno.
Al fin de cuentas, a todos nos va bien cuando las administraciones son exitosas. Desafortunadamente, no es eso lo que sucede con la actual. Las encuestas muestran un alto grado de insatisfacción.
No hay lugar que se visite en el que los ciudadanos dejen de expresar su preocupación por el deterioro de la seguridad, la incomprensión y rechazo a que se converse en La Habana al mismo tiempo que las Farc hacen terrorismo, la pérdida de rentabilidad del sector agropecuario y las dificultades de la industria. Las cosas van mal.
A pesar de que todos queremos la paz, es imposible guardar silencio acerca de los pecados originales de un proceso que, en las condiciones de hoy, en lugar de acercarnos a la paz, nos aleja.
Tampoco puede hacerse caso omiso de los efectos del mal manejo gubernamental del proyecto de reforma de la educación superior, que obligó a que se retirara la iniciativa, debido a la protesta pacífica de muchos estudiantes. Y cómo no recordar la gravedad del impacto que produjo en el país el trámite de la fracasada reforma a la justicia.
No es menor lo que está sucediendo ahora con el trámite de la reforma a la salud. Si el presidente Santos insiste en el texto está a consideración del Congreso, en lugar de corregir las deficiencias del sistema, lo llevará a un escenario más delicado.
El ritmo de todas las locomotoras ha sido muy lento y algunas ni siquiera arrancaron.
En fin, lamentablemente, y repito que, como colombiano, preferiría decir otra cosa, no veo nada que pueda aplaudirse con entusiasmo al hacer el balance de estos tres años del Gobierno Santos, que ya se acerca a su final.
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