Desde mi fundación, hace algunos días junto a Luis, un muchacho que estábamos brindándole acompañamiento, fuimos a conocer de cerca a varios habitantes de calle.
Queríamos que no los viera desde la ventana del carro, sino a los ojos.
Los saludó, les dio la mano y ellos lo abrazaron. Uno, sin dientes y con la voz rota, le dijo: “Joven, esto es el demonio”.
Las drogas son una maldición, esto es el infierno y de aquí es muy difícil salir, si algún día te ofrecen, di que NO, “mírame nada más cómo estoy“.
No fue el único. Una muchacha se acercó llorando para contarle que en la calle la habían abusado y casi la matan.
Otro le mostró una herida reciente, se había quedado dormido en una acera que no era la suya y casi lo matan.
Luis no decía nada. Solo miraba y escuchaba. Salió impresionado, y nosotros, convencidos de que esa tarde le había dejado una lección para siempre.
El viernes de esa misma semana, Luis estaba en una discoteca con sus amigos.
Todos hablaban eufóricos de lo que se siente un pase, un plon, de cómo pega cada cosa.
Y esa noche Luis consumió por primera vez. Ni siquiera sabemos si fue marihuana o tusi.
Luis no es tonto ni es malo. Vio, escuchó y entendió. Y aun así lo hizo. Su historia resume la pregunta que me persigue, ¿por qué no basta con ver?
Aquella tarde Luis estuvo frente al final de la historia. El viernes le mostraron un comienzo que parecía una fiesta.
Según el DANE, el consumo de sustancias es la principal razón por la que las personas terminan viviendo en la calle (33,5 %).
Pero en el mundo hay 331 millones de consumidores y cerca de 63 millones con trastornos por consumo, según la ONU.
Es decir, la mayoría de quienes prueban no terminan en una esquina, y esa es la trampa, alimenta el “a mí no me va a pasar“. Nadie sabe de antemano en qué grupo va a quedar.
La corteza prefrontal, la parte del cerebro que frena impulsos y calcula consecuencias, termina de madurar hacia los 25 años.
El sistema de recompensa, en cambio, funciona a toda máquina desde la adolescencia. Las investigaciones del psicólogo Laurence Steinberg mostraron que los adolescentes se arriesgan mucho más cuando sus amigos los miran.
Por eso el abrazo de un hombre sin dientes no pudo contra cinco minutos de risas, música y la mirada del grupo.
Las drogas secuestran el circuito de la dopamina, el mismo que nos premia cuando comemos o cuando nos abrazan.
Al principio se consume para sentir algo más; después, para dejar de sentirse mal.
Y bajo sus efectos se apaga el freno, crecen la impulsividad y la sensación de invencibilidad, y se pierde el juicio.
Cuando uno conversa con muchachos de los barrios, la respuesta se repite, no hay oportunidades, mi mamá gana poco, en mi casa hay problemas.
Los economistas Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir demostraron que la escasez estrecha la mente hacia el presente.
Si el futuro no promete nada, ¿qué se está arriesgando? La droga ofrece alivio inmediato a un dolor real.
Llevamos a Luis a ver el infierno, convencidos de que el miedo lo protegería.
No fue así, porque el joven no se reconoce en esa imagen.
Lo que protege no es el miedo, sino tener algo que perder, un vínculo fuerte, un propósito, un adulto que escuche sin sermonear, una oportunidad real de estudiar o trabajar.
Por eso “no basta con ver”. Lo que salva es sentir que la vida propia vale la pena.
Y esa tarea no es solo de Luis, es de la familia, del colegio, del barrio y del Estado.
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