Adrián Zamora Columnista

El paraguas atómico bajo una lluvia de drones

Adrián Zamora

Durante décadas, la seguridad internacional descansó sobre la premisa de quien poseía armas nucleares era, en esencia, intocable.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la disuasión funcionó como un paraguas capaz de contener los impulsos más peligrosos de las grandes potencias.

Sin embargo, los acontecimientos de los últimos años sugieren que ese paraguas sigue abierto, pero cada vez cubre menos. Esa es, quizá, una de las transformaciones estratégicas más profundas de nuestro tiempo.

La señal más clara la vimos en junio de 2025, cuando Ucrania ejecutó una operación que combinó infiltración y drones de bajo costo para atacar bases aéreas rusas a miles de kilómetros del frente.

El resultado fue el daño de decenas de aeronaves estratégicas, incluidas algunas vinculadas a la arquitectura nuclear rusa. Pero lo que llamó la atención fue la respuesta de Moscú, que pese a años de ambigüedad doctrinal sobre una posible escalada nuclear, la represalia fue convencional, como la de cualquier ataque.

Esta misma tendencia está ocurriendo en otros campos de batalla. Israel, potencia nuclear no declarada, ha enfrentado ataques directos e indirectos de actores estatales y no estatales que parecen calcular que el riesgo de una respuesta atómica es mínimo.

Por su parte, India y Pakistán, ambos dotados de armas nucleares, protagonizaron en 2025 su crisis convencional más seria en años, pero ninguna bomba fue detonada.

La amenaza sigue existiendo, pero cada vez menos actores parecen convencidos de que será utilizada. El tabú nuclear continúa vigente y, precisamente por eso, comienza a ser instrumentalizado.

Esto no significa que la disuasión haya desaparecido. Entre Estados Unidos y Rusia, frente al rápido crecimiento del arsenal chino, la lógica de la destrucción mutua asegurada sigue condicionando decisiones estratégicas.

Ninguna potencia desea cruzar ciertos umbrales; el problema es que el paraguas fue diseñado para proteger frente a tormentas atómicas, no frente a las nuevas formas de conflicto que proliferan alrededor suyo.

La tecnología está acelerando esa brecha, pues los costos de proyectar la fuerza se han reducido con los drones baratos, los sistemas autónomos, la guerra híbrida y los actores descentralizados.

Ahora, un aparato de apenas unos cientos de dólares puede amenazar plataformas militares valoradas en decenas o cientos de millones.

Por eso, la asimetría ya no favorece exclusivamente a quien posee más recursos, sino a quien adapta mejor la eficiencia a sus objetivos.

Si las armas nucleares ya no garantizan inmunidad frente a ataques convencionales, entonces los Estados deberán replantear dónde invierten y qué es aquello que consideran “seguridad”.

Tal vez la prioridad no sea acumular más ojivas, sino fortalecer defensas convencionales, proteger infraestructuras críticas y construir nuevas normas internacionales que respondan a esta realidad emergente.

Porque la pregunta que queda es si estamos diseñando nuestras estrategias para el mundo que existe o para el que existía.

¿Estamos fortaleciendo capacidades relevantes o preservando certezas heredadas?, ¿y qué ocurre cuando la tecnología cambia más rápido que las doctrinas?

Quizás ya no debamos temer quién presionará el botón, sino aferrarnos a la idea de que su posesión bastará para garantizar la seguridad.

En América Latina, una región que construyó su estabilidad lejos de la carrera nuclear, este cambio merece atención, porque la verdadera discusión debería girar en torno a las instituciones, los acuerdos multilaterales y las capacidades que debemos fortalecer en un mundo donde las certezas estratégicas del siglo XX comenzaron a resquebrajarse hace un buen rato.

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