Cuando niño concebía el teléfono como una especie de juguete mágico; era entonces un aparatejo pesado con un atractivo cable enresortado.
Recuerdo como si fuera ayer como con mi hermanita nos encantaba realizar llamadas aleatorias.
Hacíamos girar al azar el disco agujereado y esperábamos luego pacientemente su regreso riéndonos por la broma que le íbamos a hacer al pobre infeliz que contestara al otro lado de la línea.
Cada llamada era una pequeña aventura. Podía tardar hasta un minuto en completarse, lo cual hoy suena absurdo, pero entonces hacía parte del juego.
Había expectativa, había suspenso, incluso cierta emoción por lo desconocido. Esta práctica, sin embargo, no la abandonamos por la llegada de los identificadores de llamada sino por una película de terror que vimos siendo niños.
En ella, unos chicos hacían exactamente lo mismo… hasta que alguien, o algo, decidió devolverles la broma. ¡Santo remedio!
Ahora bien, si con los identificadores de llamadas murieron las bromas telefónicas, lo que vivimos hoy es mucho peor.
En la era de los teléfonos inteligentes, hemos perdido la confianza en el acto mismo de contestar.
Paradójicamente, nunca habíamos tenido dispositivos tan avanzados para comunicarnos, y nunca habíamos sido tan reacios a hacerlo.
Hoy cuando suena miramos la pantalla con desconfianza: Llamadas spam, estafadores, extorsiones que juegan con el miedo, operadores de telefonía que llaman a horas absurdas. Y, por si fuera poco, cobradores que convierten un día de mora en una persecución implacable.
Por eso hemos ido adoptando una nueva norma social no escrita: no contestar.
Porque hoy, tristemente, contestar una llamada ya no es un acto cotidiano sino un acto de fe.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar






