Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Carta al Zorzal Criollo

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Carlos Gardel: Después de ochenta y ocho años de tu partida, hoy me atrevo a escribirte esta carta. Loco no podrá llamarme la gente, porque todos saben que sigues vivo y que cada día cantas mejor.

En el accidente aéreo del 24 de junio de 1935, en Medellín, como Zorzal Criollo, no se te quemaron las alas y seguiste volando como el mejor juglar rioplatense.

Cosa paradójica, aún sigues ganándole a Rafael Muñoz, él murió sesenta y cinco años después que tú, apagándose su voz que gustaba tararear tus tangos, mientras a ti sigo escuchándote gracias a que mi padre me legó su más preciado tesoro: la colección de acetatos con tus tangos y de los demás cantores de arrabal.

Esa valiosa herencia patrimonial, hacen que en mi vejez te admire aún más, aunque lo hacía en mis años mozos.

Recuerdo que en aquel pueblito de vereda que en los cincuenta fue Terrón Colorado, había una tienda granero y el “Bar La Milonga”, que me llamaba mucho la atención por las canciones lunfardas y los hombres solitarios que escuchaban los tangos sentados bajo la luz de un candil.

Los seres humanos jamás olvidamos aquellas cosas que nuestros sentidos percibieron en la infancia y por eso tu voz se grabó indeleble en mi memoria. Te escuchaba en “La Milonga”, ese único bar de la vereda, cuando mi madre me enviaba a hacer un mandado, a hurtadillas miraba desde el andén, por no ser apto para menores.

También aprendí esas letras en las tertulias de mi padre con sus amigos, cuando se reunía para escuchar las melodías de arrabal.

En mi infancia siempre ignoré tu tragedia del 24 de junio. Mi madre discutía con mi padre argumentando que profanaba al Sagrado Corazón de Jesús, porque a sus lados también colgó las fotos de Carlos Gardel y Jorge Eliecer Gaitán.

Ella también reprendía mi apetencia por la melodía de arrabal, con el regaño de “estar madurando viche”, tal vez Emma no quería que emulara a Leonardo Favio por sus confesiones sobre “La rubia del cabaret”.

Cuando los profesores en el bachillerato me explicaron la literatura gauchesca, a Jorge Luis Borges, a Julio Cortázar, a Ernesto Sábato… o la historia del sindicalismo latinoamericano de los años veinte, era estudiante aventajado porque era capaz de disertar sobre la realidad social argentina gracias a las letras lunfardas de los tangos.

“Trabaja y trabaja/ Semanas enteras/ tirando la fragua, golpeando el cincel/ Hoy cumple veinte años de dura tarea/ veinte años de yugo en el mismo taller/ Recibe amarguras como recompensa/ hasta el desahucio por su vejez/ Este es el premio que muchos reciben/ Premio que brinda el instinto burgués/”.

Enrique Santos Discépalo no debió detener el tiempo, porque el tango que es profético, seguirá vigente en los siglos, por los siglos.

Amén: “Pero que el siglo XX es un despliegue/ De maldad insolente, ya no hay quien lo niegue/ Vivimos revolcaos en un merengue/ Y, en el mismo lodo, todos manoseaos/”.

Carlos Gardel: como sigues vivo y cada día cantas mejor, este 24 de junio no te recordaré con una misa, sino escuchando tus tangos entre compadritos, que en la niñez anduvimos el mismo caminito, que tuvimos sueños de pibes y amores de cuartito azul.

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