Hugo E. Gamboa Cabrera

Hugo E. Gamboa Cabrera

La vaca lechera

Por qué será que cada cuatro años, cuando llega un nuevo gobierno, un nuevo poder, lo primero en lo que piensan es en aplicar una o dos reformas tributarias con el argumento de que se requiere dinero a montones para “cumplir con un programa de gobierno”, pero no se les ocurre proponer un plan de austeridad, uno en el que se hable de reformar organismos oficiales donde la paquidermia es el común denominador.

Ya se habla de crear nuevos ministerios con funciones que ya funcionan en otros órdenes ministeriales o en direcciones administrativas que, si no funcionan pues hay que potenciarlas y asignarles funcionarios de alto relieve académico y que tengan sentido de pertenencia por este país, no esos que rezan para que los designen pensando en llenar los bolsillos y abrir cuentas con clave en paraísos fiscales, lo cual es una calamitosa costumbre que tanto daño le causan a la nación.

También se les ocurre crear nuevos impuestos transitorios como el 4X1000, que de transitorios solo tienen la forma pero de fondo es una mentira inmensa.

Eso están pensando con las gaseosas, líquido tradicional en las clases populares, para calmar la sed o para bajar alimentos como el almuerzo, mientras las clases altas seguirán tomando vino tinto foráneo.

Mejor obliguen a producir gaseosas sin azúcar, como ya existen y no encarecer con un impuesto adicional, la canasta familiar de los estratos 1, 2 y hasta el 3. Argumentan que dicho impuesto es para que la gente no se enferme pero, ¿acaso no será un apretón de clavijas contra los empresarios que las producen por el hecho de ser empresarios? Sabrá Dios.

Lo cierto es que sí llama la atención que quienes están proponiendo una reforma hoy para recaudar 75 billones, el año anterior promovieron un caos espectacular, con daños incalculables y muertos, por una de 22 0 23 billones que causó la renuncia del ministro de hacienda de entonces y que, al final se desechó.

Uno se pregunta que posiblemente existan huecos fiscales que obliguen a plantear una nueva reforma pero, queda una sensación maluca: ¿Será que la “mermelada” prometida es mucha?

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