No soy amante del fútbol y como consecuencia tampoco fan o hincha de algún equipo. Sí, me confieso un ignorante irredento en esta materia y casi que puedo contar con los dedos de una de mis manos los encuentros que he llegado a presenciar de manera completa… ¡Y me sobran dedos!
Pero de ahí a desconocer que el fútbol es un deporte que crea pasiones, exacerba todo tipo de ánimos y mueve ríos de dinero hay mucho trecho.
Creo que de manera general todos los deportes grupales –y más el fútbol en particular- son una representación simbólica de lo que era aquel reto que tenían nuestros antepasados de cazar colosales mamuts para alimentar a sus clanes. Si no había o existía una perfecta cohesión de todos los cazadores, un eficiente trabajo de equipo y un respetado líder que promoviera la creación de sinergias; la tribu se moría de hambre.
Esta, mi visión prehistórica del tema, me hace comprender la pasión que abrigan muchos, y por supuesto, respetarla. Incluso cuando escucho comentaristas recitar estadísticas con la pretensión de vaticinar resultados futuros obviando el hecho irrefutable de que los sucesos ocurridos en encuentros pasados siempre serán eventos independientes con respecto a los que se generen en encuentros futuros… Pero sí que es alucinante escucharlos.
Bueno queridos lectores, toda esta retahíla para desearle mucha suerte al equipo Deportivo Cali en el encuentro final del fútbol colombiano. Siempre que me preguntan sobre qué equipo quiero que gane suelo responder “pues el que juegue mejor”. Pero en esta ocasión opino firmemente que nuestra querida ciudad maltrecha y agobiada por tantos infortunios necesita una esperanzadora estrella.
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