Ya casi un mes en esta caótica situación de vandalaje y el país de mal en peor. Se dice que la economía nacional ha perdido unos 53 billones de pesos, más del doble de lo que se pensaba recaudar con la equivocada reforma tributaria de Alberto Carrasquilla. Doloroso y pavoroso. Para todo el mundo, ricos y pobres. Unos porque sus negocios se quiebran o resquebrajan y otros porque no tienen con que llenar la olla. Lo cierto es que el presidente ha sido, para muchísimos, un personaje frágil, desdibujado, sin talante, sin brújula, lo que ha sido aprovechado por quienes buscan la desestabilización nacional, para tener al país en vilo constante.
Las calles y carreteras están tomadas por jóvenes, posiblemente universitarios, otros dirigidos por Fecode; por gente de otro país, pagados dicen, por milicianos de las guerrillas, se asegura, y por interesados en doblegar al gobierno central para que pare la aspersión de glifosato en cosechas de coca; es decir, la juventud honesta, esa que no extorsiona en los lugares de bloqueo, quiere un cambio social, económico y de la Carta Magna. No resisten un Congreso compuesto por tanta gente, sobre todo corrupto desde años atrás; tampoco una justicia politizada y deshonesta, donde se eligen con el consabido yo con yo o por un carrusel que con el tiempo, ha copado la paciencia nacional.
El dilema es que mientras los jóvenes ponen el pecho, el tal comité del paro lo integran unos viejitos chuchumecos, casi todos jubilados con el Estado, que después de ser liberales y conservadores, ahora posan de izquierdistas dispuestos a tumbar al gobierno, posiblemente con oscuros objetivos como el de tener asiento en la posible élite de un gobierno zurdo. Ese pliego de peticiones que le presentaron al gobierno, según dicen los que saben de asuntos financieros, es inviable. Vale muchísimos billones, y para cumplirlo hay que transformar el Congreso y las Altas Cortes, desaparecer organismos estatales que no sirven para nada y acabar con gastos suntuosos de carácter oficial que no tienen razón de ser.
Así de oscura está la convivencia nacional, más que todo porque muchos están defendiendo sus intereses políticos y personales. Yo recuerdo al boyacense César Pachón, quien con ruana y sombrero alebrestó a los paperos hace algunos años por ser maltratados por el gobierno de turno, consiguiendo que lo incluyeran en una lista emergente, con tan buena suerte que salió elegido como congresista. Desde ese momento, adiós paperos, no se volvió a escuchar su voz. Y así existen muchos. Eso pareciera un deporte nacional.
Lo cierto es que ya el país, ese 75 por ciento que ha dicho en encuestas o sondeos que no votará por el que dice el 25 por ciento restante, está mamado. Se han dado cuenta que la patria necesita cordura, mejorar muchísimas cosas, pero muchas, no con retórica, con miel por encima y hiel por debajo. Uno no entiende que mientras Petro ha dicho que si “es presidente, lo primero que hará es convocar un referendo con una sola pregunta: ¿Está de acuerdo con una Asamblea Constituyente?”, porque el que está no lo propone. Colombia, hoy más que nunca, requiere de reformas de toda índole y, Duque, para resarcirse, lo puede hacer acudiendo a la figura de conmoción interior, pues sabido es que el Congreso no aprobará una reforma constitucional; pendejos no son para hacerse el harakiri.
El país, con este bandidaje y vandalaje padecido en estos días, quiere y necesita reformas, no reformitas. Colombia no se merece lo que vive. Tiene todo para ser la mejor nación del continente. Se requiere mucho sentido de pertenencia por el país y menos deseos de enriquecerse a costillas del tesoro público. Ese también es un punto supremamente perjudicial para el país, la corrupción. Mientras no haya voluntad política y judicial para acabar con ese flagelo, tocará coger las de Villadiego.
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