Es imposible no sentir tristeza cuando nos enteramos del cierre de algún negocio tradicional de la noche como consecuencia de las medidas para controlar la pandemia. Así ocurrió la semana pasada con el bar de salsa Zaperoco después de veintisiete años de funcionamiento. ¿¡Cuántas historias, sueños y trasnochadas hechos polvo en un abrir y cerrar de ojos!? Son pocos los negocios que persisten en pie, haciendo gran esfuerzo para amoldarse a las nuevas circunstancias y respirar el escaso oxígeno financiero que aún queda. Otros, como Zaperoco y muchos más, simplemente dejan de existir… Más de trescientos setenta en Cali, según cifras gremiales.
“¡Deben reinventarse!”, escucho decir a diario. Callo, y no propiamente por el desacierto filológico de la palabreja sino por el hecho de que quienes nos hemos aventurado a satisfacer la necesidad de esparcimiento lo hemos hecho con afición, gusto y sobrada pasión. ¡Y mucha imaginación también!
No obstante el miedo y la prudencia generalizados, existe la necesidad de diversión la cual se traduce en demanda, que dadas las actuales circunstancias, hemos visto complacerse en el mercado negro con las denominadas rumbas clandestinas. Sí, es una verdad de a puño que las leyes que jamás se rompen ni se romperán son las de la oferta y la demanda.
Propender porque la necesidad de diversión -que para algunos caleños está casi que en la base de la pirámide de necesidades de Maslow a la par con las de comer, dormir y vestir- se pueda satisfacer con todos los protocolos de bioseguridad sería lo más conveniente. Pero desgraciadamente en la ilegalidad de los mercados negros no existen ni existirán jamás protocolos.
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