Colombia sin Uribe

Paola Andrea Arenas Mosquera

Usted debería leer hasta el final esta columna para entender que lo enunciado no hace referencia a un país en el que se pretenda borrar de la noche a la mañana la huella de una persona con tanta incidencia en la vida política del mismo, durante las últimas tres décadas.

Mi reflexión se orienta a buscar escenarios hipotéticos en los que la conversación de Colombia gire en torno a los grandes retos del País, que sin duda son distintos a los de intentar reducir la grandeza de esta Nación, a una confrontación entre dos bandos de uribistas y antiuribistas (todos de un mismo seleccionado: “COLOMBIA”, salvo que quisieran renunciar a su nacionalidad antes de reconocer que tienen en común, pertenecer al mismo equipo que los une: su Patria)

Y en la mitad de esos dos bandos enfrentados, quedan miles de colombianos que se niegan a dejarse encasillar con el rótulo producido por el amor o desamor hacia ése o cualquier otro caudillo. Una gran masa de ciudadanos a quienes no les indigna tanto que la Corte Suprema de Justicia defina la situación jurídica del expresidente Uribe, como que no nos importe igual, la necesidad inaplazable de buscarle soluciones estructurales al drama en el que se encuentran muchos colombianos en plena pandemia.

Y es que justo ahora que las cifras de desempleo en el país rondan entre el 27% y el 35% (de acuerdo con las características de cada región) y cuando en las distintas instancias del Estado se hacen maromas financieras para responder a las inmensas necesidades de nuestro fallido Sistema de Salud y nuestra precaria infraestructura pública educativa y tecnológica para el tele estudio y el tele trabajo de todos nuestros grupos poblacionales; sin mencionar la iliquidez para constituir fondos sólidos de reactivación económica que permitan que nuestros trabajadores independientes, emprendedores y desempleados estén más cerca que lejos de decir “cesó la horrible noche”; recibimos la propuesta de convocar, como si no hubiese ninguna otra prioridad en el País, una Asamblea Nacional Constituyente que modifique las atribuciones de las ramas del poder público…Hágame el favor!

¿Cómo entender que el partido político del hoy detenido senador y expresidente Álvaro Uribe Vélez, quiera llevar al País a una reforma constitucional con todas las implicaciones que ello conlleva en la priorización de la agenda pública, en medio de una pandemia que tiene a millones de colombianos con un drama compartido como es el de tener al menos uno o varios familiares, seres queridos o amigos, librando una batalla contra la muerte en una UCI; o con una quiebra económica y las finanzas de su empresa o su hogar en cuidados intensivos?

Y no digo que el debate sobre la situación jurídica del expresidente y senador aforado no merezca importancia. Solo me permito recordar que estamos en una crisis humanitaria global, soportada con resistencia épica por millones de compatriotas ante la hecatombe financiera colateral a los efectos de la pandemia y que la emergencia sanitaria nos demanda ponernos de acuerdo en la prioridad conjunta de salvar vidas sin enterrar la economía para garantizar el sustento de nuestras familias.

Resulta más importante para algunos sectores de la vida política convocar al país para repensar el equilibrio de poderes y la autonomía entregada por la Constitución del 91 a las altas cortes, porque quizás indigna más que hayan tocado a un hombre que no niego, ha significado mucho en la vida política del país.

El expresidente Uribe debe contar con todas las garantías de nuestro Estado Social de Derecho para defenderse y como mujer me solidarizo con el drama que ello debe significar para su esposa e hijos; pero de allí a comunicar, que el caso del doctor Uribe corresponde a una persecución política, cuando su situación jurídica hoy, es el desenlace de una investigación activada tras una denuncia que él mismo hiciera contra el senador Iván Cepeda por un caso de falsedad de testigos, es paradójico y contraproducente. La historia tiene tantos relatos como posibilidades de interpretación y el libreto (porque esto cada vez se asemeja más a una serie de Netflix con capítulos impredecibles de corrupción, manipulación de procesos y parapolítica) pareciera no tener final.

Y mientras dos grandes bandos del país se rasgan las vestiduras con actitud justiciera para determinar qué le hizo más daño al país, si la crueldad de los grupos guerrilleros o la de los paramilitares; los escándalos de la parapolítica siguen ocupando la conversación.

Le escuché a un par de profes que admiro mucho decir, que los colombianos merecemos construir una narrativa con “un cuento más bonito” y a eso voy… ¿Será que no somos capaces de pasar la página y escribir un capítulo donde ni los uribistas, y mucho menos los anti-uribistas, continúen destilando odios y polarización? Un país en el que esa masa crítica de ciudadanía urbana y rural -despolarizada y ajena a militancias- vinculada a los sectores productivos, la ciencia, la educación y la innovación (padres de familia, estudiantes, trabajadores de cualquier condición socio-económica y emprendedores, mujeres, niñas y niños) vuelvan a ser protagonistas de la historia de construcción de este país. Una Colombia capaz de trascender a Uribe en su conversación.

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