Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Póngase un cero profesor

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

A los maestros con vocación los extrañan sus estudiantes durante el confinamiento. Los maestros son recíprocos y saben que sus alumnos sufren del pánico de escondérsele al letal enemigo invisible, que recorre el mundo y puede entrar por alguna fisura a sus casas.

Comprenden que los niños viven como nunca los días más anormales de su existencia, con sus familias quedaron prisioneros en sus casas, la incertidumbre es su tortura psicológica. Los maestros entienden que el buen estado de ánimo es fundamental para el aprendizaje.

Ellos siempre recuerdan que Rousseau recomendó en El Emilio, que el corazón de los niños se abriera al aprendizaje respirando la naturaleza y jugueteando entre ella. Pero no falta el profesional nombrado sin vocación docente, que desconoce el valor lúdico del recreo y que con su terquedad impone sus mismas aburridoras clases a través de una pantalla. Los niños escucharán su teleconferencia de inglés metidos entre las celdas virtuales, mirándole la figura de guardián, en otra prisión de este confinamiento.

Los obligó a madrugar y uniformarse para la clase panóptica, invadiendo la intimidad de sus familias, en vez de enviar mensajes de WhatsApp con las traducciones y en audios la pronunciación. Mi nieto, que heredó genes libertarios, no quiso uniformarse para conectarse por el Zoom. Su profesor, al verlo sin uniforme, le requirió a que se retirara de su celda virtual. Aquella orden autoritaria, provocó su reacción: “Póngame un cero profesor y usted también póngaselo en la imaginación, que aquí estoy yo con mi familia sobreviviendo, también tratando de encontrar alguna forma de aprender mejor”.

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