Varias novelas filmadas llevan a que el público confronte las obras literarias con la fidelidad de los guionistas. Los críticos, por su parte, aplauden o descalifican las versiones cinematográficas.
A ambas clases de cinéfilos no les interesa qué pasó en la escritura entre el autor y su novela. Es obvio y muy sencillo imaginar a García Márquez con pantuflas encerrado en su cuarto de estudio durante dieciocho meses, tecleando su máquina de escribir a medida que se le iban ocurriendo los episodios de Cien años de soledad.
Pero ahora, a propósito de la película “Entre la razón y la locura” (2019), dirigida por Farhad Safinia, que cuenta los avatares padecidos por el filólogo James Murray y el confinado W.C. Minor, frente a los puristas de la Universidad de Oxford, por vez primera nos enterarnos cómo nacen esos libros monumentales y anónimos, fuente de enriquecimiento del léxico y de la pureza ortográfica.
La película impacta a quienes en otrora cargábamos los pesados diccionarios en los maletines y, también a los estudiantes de hoy, que buscan los significados en sus smorphes, porque todos desconocíamos su historia. Sólo nos explicaron que un grupo de sabios del idioma, conocido como Real Academia de la Lengua, periódicamente se reunía a darle el visto bueno a las nuevas palabras usadas por un buen tiempo, para autorizarlas en las ediciones de los diccionarios.
Jamás imaginamos los esfuerzos colectivos de recopilación de las palabras, ni las tragedias sufridas por quienes emprendían esa dura tarea.
Dejo pendiente la historia del “Diccionario de uso del español” (1962), de María Moliner.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar







