El expresidente del Ecuador, Rafael Correa, aprovechando tener esposa belga y, previendo lo que le corría pierna arriba después de dejar el poder, se fue a vivir al país de su cónyuge.
Fue acusado de persecución política y judicial contra un asambleísta opositor, además de corrupción y dejar a su país con una deuda impagable y con la “olla raspada”, razones suficientes para que el gobierno ecuatoriano expidiera orden de captura contra él.
Pues yo me atrevo a pensar que algo similar nos sucedió a los colombianos con Juan Manuel Santos, quien salió apresurado con su familia hacia Miami, sin el permiso constitucional del Congreso de la República, limitándose a dejar una carta cuando ya iba en el avión.
La Carta Magna establece que un expresidente colombiano no puede abandonar la patria hasta un año después de entregar el cargo.
Lo cierto es que hay mucha preocupación por lo que se ha venido descubriendo en el manejo financiero del Estado, empezando por el hueco fiscal de 25 billones de pesos, la deuda pública en 66 billones, los subsidios para la gente pobre (familias en acción, etc.) desaparecidos, el presupuesto de ciencia y tecnología más la del deporte penosamente recortados.
Todo un sinfín de hechos aberrantes que dan vergüenza y que, conociendo nuestro país, aquí no pasará nada.
Y agreguémosle a eso lo del programa “ser pilo paga”, que a buena hora el actual gobierno terminó. Santos dejó de ayudarle a las universidades públicas, de buena calidad, para darle el billete a las privadas, donde están sus amigos. Un vergajo con Nobel.
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