Circula en redes una carta que “suscribe con angustia un pequeño empresario” y en la que se da cuenta del cúmulo de obligaciones, normas, reglas, permisos, protocolos y cuanta exigencia existe para operar formalmente.
El escrito concede ganas de reír o de llorar… En fin, “el precio” de ser empresario. Evoqué el texto por los trámites de renovación que he realizado estos días; y en esas estaba: honrando uno de tantos cuando me encuentro con una funcionaria apática a quien de manera desacertada han puesto a atender público.
He conocido a muchos funcionarios y doy fe de que en su gran mayoría son atentos y serviciales, pero desafortunadamente siempre existe ese alguien que redifica la mala fama del servicio público.
Llego pasada las once a radicar una documentación necesaria para renovar el concepto sanitario. De forma cordial un funcionario de recepción me hace seguir ante la funcionaria responsable quien ipso facto me advierte, con suma indolencia, que está muy ocupada y que no alcanza a atenderme esa mañana.
Al reclamar por su mal talante y hacerle ver que su mala de disposición es una falta de respeto y muestra de mal servicio que merecen ser puestas en evidencia, la funcionaria de marras se pone de pie, sale de su oficina e increpa al subalterno que me hizo ingresar.
Cuento hasta diez, salgo y me siento a esperar. Siendo casi el mediodía finalmente soy atendido.
La radicación fue tarea que no tomó más de dos minutos en realizarse. Recordé entonces una campaña publicitaria que empleó una aerolínea hace años y que valdría la pena para esta servidora pública: ¡Por el respeto!
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