Cali, marzo 18 de 2026. Actualizado: miércoles, marzo 18, 2026 22:25

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Cuando nos sirve para todo menos para llamar

Los usos más extraños y absolutamente reales que le damos al celular

El celular se inventó para hacer llamadas, pero si uno analiza cómo vivimos hoy, llamar es lo último que hacemos.

Es irónico: tenemos el dispositivo más poderoso de la historia en la mano, capaz de conectarnos con cualquier persona del planeta, y aun así preferimos enviar un mensaje, un meme o un sticker antes que marcar un número.

Pero lo interesante no es lo que el celular no hace, sino la enorme lista de cosas absurdas, inesperadas y completamente ridículas para las que sí lo usamos.

El celular dejó de ser una herramienta tecnológica y se convirtió en una extensión rara del ser humano moderno, un objeto multifuncional que resuelve situaciones que antes ni imaginábamos.

Uno de los usos más comunes y más vergonzosos es utilizarlo como espejo. Todos lo hacemos.

Si queremos ver si tenemos comida entre los dientes, si el labial está corrido, si la ceja quedó torcida o si el pelo está domesticado, sacamos el celular. La ironía es que no abrimos la cámara frontal de inmediato, porque da miedo.

Primero nos aseguramos de que no vaya a aparecer la versión descuidada de nosotros mismos. Hacemos un chequeo previo con la pantalla apagada, usando ese reflejo oscuro que no sirve para nada, pero que nos da la falsa tranquilidad de que seguimos siendo humanos y no criaturas nocturnas.

El celular también es una lámpara profesional. Puede ser mediodía, con un sol que quema la retina, y aun así activamos la linterna para buscar algo en la cartera.

Parece que la luz del celular ayudara a encontrar cosas que ni existen. Es casi un acto de fe. Uno ilumina y dice “tiene que aparecer”. Y aparece. O no aparece, pero de todas formas nos sentimos más poderosos con la linterna prendida.

Hay quien usa el celular como una bandeja de baño. Es una imagen incómoda, pero real: el celular arriba de la tapa del inodoro, como si fuera una bandeja de lujo donde descansa mientras uno se lava la cara, se maquilla o se viste.

También funciona como soporte para poner la empanada cuando no hay mesa. En fiestas familiares, el celular termina siendo posavasos improvisado.

En la cama, se convierte en un escudo para evitar que las notificaciones caigan directo sobre la cara.

El celular también es un arma social

Cuando no queremos saludar a alguien, fingimos que estamos hablando por él. Lo ponemos en la oreja, aunque esté apagado.

O nos quedamos mirando la pantalla fijamente, con cara de concentración, aunque no haya nada escrito.

Si alguien nos quiere hablar mientras caminamos, sacamos el celular para fingir que llevamos prisa. Es una herramienta de evasión tan efectiva que debería estudiarse en sociología.

Con él evitamos vecinos chismosos, excompañeros del colegio, vendedores insistentes y conversaciones incómodas.

Otro uso extraño es convertirlo en memoria externa del cerebro. Tomamos fotos de todo, no porque lo necesitemos realmente, sino porque creemos que una imagen nos dará paz mental.

Fotografías de documentos, recetas, direcciones, productos, horarios, notas. Y luego jamás las revisamos. El celular está lleno de imágenes que ni recordamos haber tomado.

Incluso capturas de pantalla de cosas que no tienen sentido semanas después. Capturas de chats, de chismes, de memes, de frases que nos gustaron un segundo y que luego quedaron enterradas en la prehistoria digital.

Asistente espiritual

Cuando sentimos ansiedad, lo revisamos aunque no tengamos notificaciones. Ese simple acto nos calma por unos segundos.

Es como si el cerebro dijera:ah, aquí estás, objeto sagrado que me conecta con el mundo”. Cuando sentimos miedo en la calle, lo apretamos con fuerza.

Cuando estamos solos en un lugar, lo sacamos para fingir compañía. Nos da sensación de protección, de presencia, de seguridad falsa, pero seguridad al fin y al cabo.

En reuniones familiares se convierte en pacificador universal. Los niños lloran, se aburren o hacen pataleta: aparece el celular. Magia pura.

Los adultos se quedan sin tema de conversación:mira este video”. Los tíos discuten sobre política:pongan música desde el celular”.

Es increíble cómo un dispositivo logra salvar situaciones sociales que, de otro modo, acabarían en desastre.

Otra función bizarra es la de pisapapeles moderno. Cuando estamos trabajando con documentos impresos, ponemos el celular encima para que no se vuelen.

Incluso lo usamos para aplastar bolsas, sostener facturas, nivelar mesas tambaleantes y tapar la luz que entra por las cortinas cuando queremos dormir. El celular, ese aparato delicado y caro, se convierte en herramienta doméstica como si fuera un ladrillo.

¿Dónde dejé el celular?

Pero uno de los usos más fascinantes es cuando hacemos esa revisión compulsiva para ver si lo cargamos… mientras lo tenemos en la mano. Es un comportamiento colectivo. Revisamos cartera, bolsillos, mesa, cama. “¿Dónde dejé el celular?”.

Y ahí está, caliente en la mano, como si estuviera riéndose silenciosamente. Es que estamos tan acostumbrados a sentirlo siempre, que a veces el cerebro se olvida de que está justo donde debe estar.

El celular dejó de ser un teléfono hace mucho. Es un espejo emocional, un antídoto social, una herramienta doméstica, un salvavidas psicológico, un asistente caótico que sirve para todo, excepto para lo que originalmente lo inventaron.

Y quizá eso dice más de nosotros que de la tecnología. Porque en el fondo, lo usamos para sobrellevar la vida: para calmarnos, para reírnos, para escondernos, para recordar, para llenar silencios, para no sentirnos solos.

El celular es el objeto más extraño, más útil y más absurdo que llevamos con nosotros. Y aunque lo critiquemos, aunque digamos que dependemos demasiado de él, la verdad es que ya es parte de nuestra humanidad.

No nos define, pero nos acompaña. No nos sustituye, pero nos sostiene. Y si un día lo olvidamos en casa, sentimos que el mundo pierde un pedacito de orden… aunque nunca lo usemos para llamar.


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