Cali, enero 29 de 2026. Actualizado: jueves, enero 29, 2026 20:33
En un escenario de guerra nuclear, las consecuencias para la vida en la Tierra serían devastadoras.
Las explosiones no solo causarían destrucción inmediata, sino que levantarían enormes cantidades de hollín que bloquearían la luz solar durante años.
La ciencia ha modelado estos escenarios y advierte sobre un “invierno nuclear”: un enfriamiento global capaz de colapsar cosechas, ecosistemas terrestres y marinos, y provocar una hambruna planetaria.
Sin embargo, incluso en ese panorama límite, algunos seres vivos podrían resistir.
Entre las excepciones más extremas se encuentran los tardígrados, pequeños animales microscópicos conocidos popularmente como “osos de agua”.
Miden menos de un milímetro, son invertebrados y poseen un cuerpo segmentado con ocho patas terminadas en diminutas garras.
Aunque su aspecto es modesto, pertenecen plenamente al reino animal y cuentan con órganos complejos, como sistema nervioso, aparato digestivo y músculos.
Descritos por primera vez en 1773, hoy se conocen más de 1.300 especies de tardígrados.
Su distribución es casi global: habitan musgos y líquenes, suelos húmedos, agua dulce, sedimentos marinos, zonas polares, las profundidades oceánicas y hasta las cumbres del Himalaya.
Allí donde exista una mínima película de agua, es posible que uno de estos organismos esté presente.
Su extraordinaria resistencia es la clave de su fama científica. Cuando el entorno se vuelve hostil —por deshidratación, frío extremo, calor intenso o radiación— los tardígrados entran en un estado llamado criptobiosis.
En ese proceso reducen su metabolismo casi a cero, pierden más del 95 por ciento del agua de su cuerpo y se transforman en una estructura conocida como “tun”.
En ese estado pueden soportar temperaturas cercanas al cero absoluto y superiores a los 150 grados, presiones mayores que las del fondo del océano, altos niveles de radiación e incluso el vacío del espacio exterior.
Experimentos científicos han demostrado que algunos tardígrados enviados al espacio lograron sobrevivir a la exposición directa a la radiación cósmica.
La explicación está en su biología: producen proteínas que protegen el ADN y sustituyen el agua de sus células por azúcares y otras moléculas que estabilizan sus estructuras internas.
Gracias a ello, pueden permanecer inactivos durante años o décadas y reactivarse cuando las condiciones mejoran.
Aunque no serían capaces de sostener ecosistemas completos, los tardígrados representan, según la ciencia, uno de los pocos ejemplos de vida animal que podría persistir tras una guerra nuclear.
Pequeños, casi invisibles, recuerdan que la supervivencia extrema no depende del tamaño, sino de la capacidad de adaptación.
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