Cali, mayo 26 de 2026. Actualizado: lunes, mayo 25, 2026 22:05
Vivimos en una sociedad donde el cuerpo se ha vuelto territorio de guerra.
Y en esa guerra, quienes vivimos en cuerpos grandes cargamos con más que peso físico: cargamos con miradas, juicios, burlas, culpas heredadas, silencios incómodos, médicos que solo ven grasa, no personas.
Vivir con sobrepeso es, muchas veces, vivir con el corazón blindado.
Porque allá afuera, muchos creen que nuestro cuerpo es su opinión.
Pero ¿quién dijo que el valor de una persona se mide en kilos? ¿Quién decidió que una talla define la disciplina, la salud o la autoestima?
Hay mujeres que pesan 90 kilos y corren maratones, y otras que pesan 50 y viven enfermas.
Hay hombres que comen limpio y siguen teniendo barriga, y otros que comen basura y siguen “delgados”.
Porque el cuerpo humano no es una ecuación. Es una historia. Y cada cuerpo tiene la suya.
Yo no estoy gorda porque no me cuide. Estoy gorda porque la vida es compleja.
Porque he pasado por duelos, por ansiedad, por cambios hormonales, por abusos silenciosos.
Porque hubo noches en las que la comida fue mi refugio, mi único abrazo.
Porque crecí en una casa donde el amor era escaso, pero el pan abundaba.
Y porque aprendí a callar con la boca llena lo que no sabía gritar.
Este cuerpo ha sido mi armadura. Me ha sostenido cuando todo lo demás falló.
Me ha llevado al trabajo, a los abrazos, a las pérdidas, a los reencuentros.
Tiene cicatrices, celulitis, estrías… pero también memoria, alegría, orgasmos, danzas. No me avergüenza.
Me duele más el desprecio con el que el mundo lo trata.
Porque el problema no es el sobrepeso. El problema es la gordofobia: ese odio disfrazado de preocupación, ese consejo disfrazado de juicio. Esa crueldad que se esconde detrás del “es por tu salud”.
¿Sabes qué es dañino para la salud? La humillación.
El rechazo. El auto-odio sembrado desde la infancia. Las dietas restrictivas que destrozan el metabolismo.
Los comentarios que hieren más que el azúcar.
Sí, me gustaría tener un cuerpo más liviano. No por estética, sino por agilidad, por bienestar.
Pero quiero llegar allí desde el amor, no desde el castigo. Desde la escucha, no desde la urgencia.
Quiero perder peso sin perderme. Sin odiarme en el proceso.
Sin sentir que mi valor aumenta a medida que disminuyen mis centímetros.
Porque antes que delgada, quiero ser libre. Libre de mirar mi reflejo sin desprecio.
Libre de correr sin pensar que todos me están juzgando.
Libre de entrar a una tienda y encontrar ropa que me abrace, no que me esconda.
Libre de existir en mi cuerpo, como sea que se vea hoy.
Y sí, también estoy trabajando en mí. No por obligación, sino por amor.
Porque merezco un cuerpo que me acompañe con fuerza, con salud, con ligereza.
Pero hasta que ese cuerpo llegue —si es que llega— quiero que este también sea digno.
Quiero caminar por la calle sin sentir que debo disculparme por ocupar espacio.
Quiero vivir con la certeza de que un cuerpo grande no es un cuerpo fallido. Es un cuerpo que también merece respeto.
Así que no, no estoy gorda. Estoy cansada de tener que justificarme.
Y hoy decido dejar de hacerlo. Porque mi cuerpo no necesita permiso para existir. Y mi alma, mucho menos.
Fin de los artículos
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