Cali, septiembre 3 de 2026. Actualizado: jueves, septiembre 3, 2026 21:12

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Fiesta futbolera con derrota bélica

Escenificación de la guerra

Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial Diario Occidente

Los recientes hechos de violencia entre hinchas del Independiente Santa Fe y del Atlético Nacional, en el estadio El Campin, con agresiones mutuas en las tribunas y, luego, invadiendo la cancha en una batalla campal, hacen parte de la cara oscura del espectáculo deportivo universal.

La cara positiva del futbol está representada en la pasión que reúne a multitudes en los estadios con un fervor casi religioso, que convierte en dioses a los jugadores más destacados de los equipos. Es el espectáculo capaz de inspirar a compositores de tangos y motivar a intelectuales para que escriban apologías, después que lo rechazaban por alienante.

Ernesto Sábato, Albert Camus, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano y Mario Vargas Llosa, entre otros reconocidos escritores, se han declarado como fervientes hinchas y le han dedicado emotivas líneas. Pero la violencia en los estadios es esa cara oscura del futbol que aún está poco estudiada por sociólogos y psicólogos.

Faltan investigaciones sobre el fenómeno sociológico de las barras bravas y de la violencia en los estadios, exceptuando a Juan José Sebreli, cuya obra cumbre titula “La era del futbol”. En el segundo capítulo de su libro, Sebreli hace un perfil del hincha, contextualizado en la era post-industrial, de polarizaciones y hegemonías políticas.

Goles literarios

Albert Camus alguna vez dijo “La bandera de la Patria es la camiseta de la selección nacional de futbol. No hay lugar en el mundo donde un hombre pueda sentirse más contento que en un estadio de futbol”. Cuando un periodista le preguntó a Salvador Allende, ¿Qué es la libertad?, el presidente chileno respondió: “El futbol en todo su esplendor”. Gabriel García Márquez, como hincha declarado del Junior de Barranquilla, sin recato alguno confesó: “Si los jugadores del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de novelas policiacas.

Sin sentido del cálculo, sus reposados movimientos de investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective en la novelística policiaca. Heraldo, por su parte, habría sido una especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el brasileño de estar en todas partes a la vez, trabajando y atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los mamotretos que don Marcelino escribiera. No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que, hoy hago públicamente, a la santa hermandad de los hinchas”.

De la fiesta a la guerra

En el siglo XX, durante sus primeras décadas de la profesionalización del fútbol y de sus encuentros dominicales en los estadios, cuando todavía no se gestaba el fenómeno de la violencia entre hinchas, las familias iban en hermandad, en paz con los vecinos, aunque fueren simpatizantes de equipos contrarios.

Los hinchas celebraban los goles con aplausos, batiendo banderas en las tribunas y tras el último pitazo los veintidós jugadores intercambiaban camisetas de los dos equipos como gesto de confraternidad. Un partido de futbol servía para olvidar enemistades, para sublimar problemas económicos y hasta para relajarse de noticias sobre la violencia social.

Pero el espectáculo que otrora estuvo mediado por la pasión y el respeto entre vencedores y vencidos, pronto se transformó en el escenario donde convergieron el amor y el odio de los hinchas.

Si alguna vez la democracia se vio representada en un partido de futbol con normas, jueces y sanciones acatadas, donde el juego limpio se imponía en noventa minutos de convivencia, con espectadores que se sentían representados en sus once líderes, llegó el día que las barras bravas hicieron que la violencia de la sociedad se reflejara en los estadios. Cuando ya no se respeta esa representación de la democracia en un partido en el estadio, la solemnidad del juego es relevada por una especie de guerra civil.

Las barras bravas

Al país lo polarizan los fanatismos políticos impuestos, igual ocurre en los estadios cuando se enfrentan los hinchas. Son fenómenos que se asemejan desde la misma elección de equipo o de partido político, porque corresponde a factores subjetivos, contingentes e irracionales. “Esto hace que no exista razón alguna que haga cambiar a un hincha de camiseta, dice Juan José Sebreli.

Se puede cambiar de pareja, de amigo, de país, de partido, de ideas, hasta de religión; nunca se cambia de equipo; no hay herejes, ni renegados, ni heterodoxos en el futbol” (…) “Las barras futbolísticas son, por sus características, un elemento dúctil para ser manipulado por las barras bravas que saben explotar las ansiedades juveniles.

A veces son usadas por las organizaciones industriales del mundo del deporte, y también eventualmente, por las bandas delictivas y por los partidos políticos” (…) “La agresividad hacia el contrario es un elemento tan necesario como la solidaridad del hincha con los suyos.

La identificación negativa con el equipo contrario es el complemento de la identificación positiva con el propio. El carácter sadomasoquista del hincha se expresa por el lado masoquista con la subordinación al líder de la barra que lo utiliza como instrumento pasivo y por el lado sadista la necesidad de destrucción del adversario”.

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