Cali, octubre 14 de 2026. Actualizado: miércoles, octubre 14, 2026 21:00

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La ciencia del caos navideño que todos repetimos

El síndrome del 24 a última hora

Hay un fenómeno universal que los científicos aún no han logrado explicar, pero que cualquier latino reconoce al instante: el síndrome del 24 a última hora.

Esa fuerza misteriosa que, sin importar cuántas veces prometamos “este año sí me organizo”, nos lleva a dejar TODO—absolutamente TODO— para el mismo día de Navidad.

Y no hablamos solo de los regalos, sino del mercado, del postre, del juguete del sobrino, de la ropa interior amarilla, del moño para envolver, de la cinta adhesiva, de la natilla, del pan, del picado para el tamal y hasta de las velitas para decorar la mesa.

Es una tradición caótica, heredada, inevitable… y, de alguna manera, profundamente nuestra.

El 24 de diciembre es la verdadera final del mundial social. Comienza con la misma frase cada año: “Solo salgo por una cosita”.

Pero esa “cosita” se convierte en una expedición. Las calles están llenas, los centros comerciales parecen conciertos, los supermercados parecen zonas de desastre y la paciencia humana está al borde de una ruptura histórica.

Uno entra a la tienda sintiéndose confiado, con una listica mental. Pero al cruzar la puerta descubre que el 24 no es un día: es un universo paralelo.

Las filas llegan a territorios no permitidos, la gente camina con ojos de guerrero, los parlantes repiten villancicos como si quisieran debilitar emocionalmente a todos, y los carritos del mercado se vuelven armas de defensa personal.

Los regalos

La escena más icónica del 24 es la sección de regalos. Nada está donde debería estar. Las estanterías están casi vacías, excepto por objetos extraños que nadie entendió, como un rompecabezas incompleto, un set de vasitos extravagantes o un peluche sospechosamente feo.

Pero como no hay más opciones, la mente empieza a justificar: “bueno, igual el niño es pequeño, no notará la diferencia”. Es la magia del 24.

Luego está el ritual del último pollo. Si hay algo que une a las familias latinoamericanas es la batalla épica por el último pollo congelado o el último pernil.

Las miradas son intensas, las manos se adelantan, las abuelas observan desde lejos con una mezcla de miedo y esperanza. Es un deporte extremo que debería transmitirse por televisión.

La caja registradora del 24 merece capítulo aparte. Ese espacio donde las almas se encuentran, donde los rostros se cansan, donde todos evalúan sus decisiones de vida.

Es ahí donde la gente se mira silenciosamente diciendo: “¿Por qué hago esto todos los años?”. Pero nadie aprende. Porque el 24 tiene memoria corta y el 25 tiene amnesia completa.

Lo más tierno del síndrome del 24 es que, a pesar del caos, siempre aparece la solidaridad espontánea. El desconocido que te alcanza la cinta que necesitabas, la señora que te dice qué fila avanza más rápido, el niño que sonríe y te contagia calma.

Algo en ese caos nos recuerda que todos estamos igual: cansados, desbordados, estresados, pero tratando de hacer lo mejor para que la Navidad salga hermosa.

El montaje

Cuando uno llega a casa, empieza la segunda parte del 24: el montaje. Envolver los regalos sin cinta, improvisar moños, esconder cajas para que los niños no las vean, meter la comida al horno mientras se pela la papa, hacer videollamada mientras se corta la cebolla.

El 24 es multitarea extrema. Una prueba de coordinación que ningún deporte ha logrado superar.

Y, aun así, todo funciona. Siempre funciona. En el momento en que cae la noche y las luces se encienden, las familias se sientan a la mesa, ríen, recuerdan, se abrazan.

Y uno piensa: “valió la pena el caos”. Esa es la esencia del 24: un ritual colectivo donde el estrés es parte del encanto. No sería Navidad sin la carrera, sin la fila, sin el último regalo envuelto torcido.

Pero lo más curioso es esto: al final de la noche, siempre prometemos que el próximo año será diferente. Que compraremos desde noviembre, que nos organizaremos, que haremos listas reales.

Y es mentira. Porque cuando diciembre llega, la vida se acelera, todos trabajamos más, todo se junta… y el ciclo empieza de nuevo.

Quizá no es desorganización. Quizá es tradición. Quizá el 24 es el día donde, sin querer, nos sentimos parte de algo más grande. Donde todos, absolutamente todos, estamos viviendo la misma maratón emocional.

El síndrome del 24 a última hora no es un error: es un ritual moderno que nos recuerda que la Navidad no es perfecta. Es humana. Es caótica. Es improvisada. Es real. Y por eso nos encanta repetirlo.


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